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viernes, 13 de mayo de 2011
Enfermedades ambientales en las instituciones europeas y mundiales
Como muchos de ustedes saben en España se ha formado un Comité Nacional para el Reconocimiento del Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple y la Hipersensibilidad a los Campos Electromagnéticos (EHS). Esta organización presentó ayer día 12 ante el Parlamento Europeo de Estrasburgo, una declaración que solicita a la Organización Mundial de la Salud que se tramite con carácter de URGENCIA la inclusión de la SQM y la EHS en la Clasificación Internacional de Enfermedades y Clasificaciones Asociadas, así como en el Listado de Enfermedades Profesionales de la OIT.
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Facebook expone datos de millones de usuarios por error
Los continuos fallos de seguridad de las grandes compañías de internet conocidos en los últimos meses dejarían de ser llamativos si no fueran tan escandalosos. La empresa especializada en seguridad informática Symantec informó ayer de un fallo en más de 100.000 aplicaciones de Face-book creadas por empresas externas. Este agujero de seguridad podría haber facilitado el acceso a información privada de los usuarios a anunciantes y empresas asociadas. Según Symantec, que reconoció ayer que continúa trabajando con Facebook para solucionar el fallo, "millones de usuarios" podrían haberse visto afectados.
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La compañía no ha queridoofrecer una cifra más precisa de afectados, ya que "aún se está evaluando la magnitud del error accidental", explica el portavoz de Symantec Iberia,Javier Ildefonso. A falta de comprobar si los anunciantes se han aprovechado del error, las dimensiones son ya considerables. "A lo largo de los años, cientos de miles de aplicaciones podrían haber filtrado millones de accesos", añadió ayer Symantec en su blog oficial.
La portavoz de la red social, Malorie Lucich, que reconoció el fallo, precisó en un comunicado que "no existen evidencias claras" de que esos anunciantes conocieran su existencia y que, por tanto, hubieran compartido información privada del usuario con terceros.
De conocerlo y haber querido explotarlo, los anunciantes podrían haber accedido a los perfiles, fotografías o chats de los usuarios que hubieran instalado esas aplicaciones. Incluso habrían podido publicar mensajes en su muro, según Symantec. "Esta brecha era desconocida para los propietarios de las aplicaciones y para la propia Facebook", añade Ildefonso. La red social quiso insistir en que los desarrolladores y anunciantes tienen prohibido por contrato obtener y compartir la información que manejan.
La asociación de consumidores Facua ha solicitado a la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) que abra una investigación sobre este tema para determinar si Facebook ha vulnerado el "principio de seguridad de los datos" por no contar con las suficientes medidas de protección en su red. Más allá de que Facebook solucione el problema en su totalidad, varias empresas especializadas en seguridad han recomendado a los usuarios de la red social que cambien su contraseña de acceso.
No es la primera vez que Facebook tiene que dar explicaciones ante la AEPD. El pasado octubre la Agencia ya inició una investigación por la venta de datos de los usuarios obtenidos mediante un fallo técnico en sus aplicaciones. Entonces, la red subrayó que tenía "tolerancia cero con los vendedores de datos". "Facebook o Google atienden nuestras peticiones. Cuando sucede este tipo de casos, nosotros tenemos en cuenta que las empresas hayan creado políticas de seguridad", aclara el director de la AEPD, Artemi Rallo. Los 500 millones de usuarios de la red social instalan más de 20 millones de aplicaciones al día.
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La compañía no ha queridoofrecer una cifra más precisa de afectados, ya que "aún se está evaluando la magnitud del error accidental", explica el portavoz de Symantec Iberia,Javier Ildefonso. A falta de comprobar si los anunciantes se han aprovechado del error, las dimensiones son ya considerables. "A lo largo de los años, cientos de miles de aplicaciones podrían haber filtrado millones de accesos", añadió ayer Symantec en su blog oficial.
La portavoz de la red social, Malorie Lucich, que reconoció el fallo, precisó en un comunicado que "no existen evidencias claras" de que esos anunciantes conocieran su existencia y que, por tanto, hubieran compartido información privada del usuario con terceros.
De conocerlo y haber querido explotarlo, los anunciantes podrían haber accedido a los perfiles, fotografías o chats de los usuarios que hubieran instalado esas aplicaciones. Incluso habrían podido publicar mensajes en su muro, según Symantec. "Esta brecha era desconocida para los propietarios de las aplicaciones y para la propia Facebook", añade Ildefonso. La red social quiso insistir en que los desarrolladores y anunciantes tienen prohibido por contrato obtener y compartir la información que manejan.
La asociación de consumidores Facua ha solicitado a la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) que abra una investigación sobre este tema para determinar si Facebook ha vulnerado el "principio de seguridad de los datos" por no contar con las suficientes medidas de protección en su red. Más allá de que Facebook solucione el problema en su totalidad, varias empresas especializadas en seguridad han recomendado a los usuarios de la red social que cambien su contraseña de acceso.
No es la primera vez que Facebook tiene que dar explicaciones ante la AEPD. El pasado octubre la Agencia ya inició una investigación por la venta de datos de los usuarios obtenidos mediante un fallo técnico en sus aplicaciones. Entonces, la red subrayó que tenía "tolerancia cero con los vendedores de datos". "Facebook o Google atienden nuestras peticiones. Cuando sucede este tipo de casos, nosotros tenemos en cuenta que las empresas hayan creado políticas de seguridad", aclara el director de la AEPD, Artemi Rallo. Los 500 millones de usuarios de la red social instalan más de 20 millones de aplicaciones al día.
Operadoras españolas enfilan sus armas contra el WiFi gratis
Cuando leemos por ahí que tal o cual ayuntamiento está pensando en un proyecto para ofrecer WiFi gratis a sus vecinos, nos alegramos. Sin embargo, a las operadoras españolas no les pasa lo mismo: Ellas se cabrean al leer de estos planes. Sí, se cabrean.
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Y es que su negocio sale afectado… El acceso a la conexión gratis ya no solo representa un potencial cliente menos para las operadoras que comercializan planes de Internet: Con el boom de las aplicaciones de VoIP y los teléfonos inteligentes con posibilidades de conexión WiFi, también podría representar menos clientes en llamadas telefónicas, y eso, las operadoras no están dispuestas a tolerarlo.
Por eso, nos nos extraña leer que en plena época electoral, cuando aprieta el paso la campaña de cara a las elecciones autonómicas del próximo 22 de mayo, las operadoras estén afilando sus garras para clavarlas en el pellejo de cuanto tecnopolítico salga a ofrecer a los electores redes WiFi gratuitas.
Es el caso del trabajo que publica hoy el Diario Público, en el que asegura haber tenido acceso a un documento realizado por las cuatro telefónicas agrupadas en el lobby Redtel (Telefónica, Vodafone, Orange y Ono), que será entregado a los responsables políticos para que se piensen bien lo que ofrecen en la campaña electoral.
¿Qué dice el fulano papel? Pues hace nada más y nada menos que un recordatorio de que entre las cuatro operadoras invirtieron “7.082 millones de euros en redes entre 2008 y 2009″, el “75% de la inversión total del sector”… Y aclarar que la piensan rentabilizar, obviamente.
Señala Público que dicho documento está “plagado de advertencias” a los responsables de las corporaciones locales y autonómicas que quieran apoyar la democratización en el acceso a Internet:
Vamos, no nos engañemos: Esta postura de las operadoras es una auténtico peligro para las intenciones de “democratizar” el acceso a Internet ofreciendo redes públicas. Y es que en documento de Redtel al que tuvo acceso el Diario Público, señalan:
Entonces estamos claros: A lo que temen las operadoras no es a perder a los lectores de FayerWayer como clientes de Internet. Su riesgo lo ven en usuarios tipo mi abuelo, que al ser menos exigente en cuanto a velocidad y demandar menos frecuencia en las conexiones, bien podría dejar de contratar planes y llevarse su portátil o su teléfono inteligente a una plaza y desde allí revisar el correo o actualizar el Facebook… Más ahora que el clima acompaña a estar en terracitas.
Así que las operadoras ven, lo que yo veo como una forma de democratizar Internet, como una amenaza a sus negocios. Sobretodo en lo que a VoIP se refiere, porque si bien hay restricciones en las WiFi públicas en términos de velocidad (256 kbps), no lo hay sobre el tipo de datos que circulan en la red. Ya veremos en qué termina esta guerra que está por arreciar…
Link: Las telefónicas avivan la guerra contra el wifi gratis (Público)
http://www.fayerwayer.com/2011/05/operadoras-espanolas-enfilan-sus-armas-contra-el-wifi-gratis/?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+fayerwayer+%28FayerWayer%29
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Y es que su negocio sale afectado… El acceso a la conexión gratis ya no solo representa un potencial cliente menos para las operadoras que comercializan planes de Internet: Con el boom de las aplicaciones de VoIP y los teléfonos inteligentes con posibilidades de conexión WiFi, también podría representar menos clientes en llamadas telefónicas, y eso, las operadoras no están dispuestas a tolerarlo.
Por eso, nos nos extraña leer que en plena época electoral, cuando aprieta el paso la campaña de cara a las elecciones autonómicas del próximo 22 de mayo, las operadoras estén afilando sus garras para clavarlas en el pellejo de cuanto tecnopolítico salga a ofrecer a los electores redes WiFi gratuitas.
Es el caso del trabajo que publica hoy el Diario Público, en el que asegura haber tenido acceso a un documento realizado por las cuatro telefónicas agrupadas en el lobby Redtel (Telefónica, Vodafone, Orange y Ono), que será entregado a los responsables políticos para que se piensen bien lo que ofrecen en la campaña electoral.
¿Qué dice el fulano papel? Pues hace nada más y nada menos que un recordatorio de que entre las cuatro operadoras invirtieron “7.082 millones de euros en redes entre 2008 y 2009″, el “75% de la inversión total del sector”… Y aclarar que la piensan rentabilizar, obviamente.
Señala Público que dicho documento está “plagado de advertencias” a los responsables de las corporaciones locales y autonómicas que quieran apoyar la democratización en el acceso a Internet:
“En una época de ajustes presupuestarios como la actual, Redtel recomienda que las acciones se efectúen sin que ello requiera esfuerzos presupuestarios ni utilizar el privilegio de recurrir a financiación pública en condiciones discriminatorias (…) adoptando un papel de facilitador de la inversión privada con la disminución de normas y del coste de las obligaciones administrativas”, dicen.Arranca así una nueva batalla entre los intereses ciudadanos y los de las empresas, con el mismo árbitro de por medio: Los políticos.
Vamos, no nos engañemos: Esta postura de las operadoras es una auténtico peligro para las intenciones de “democratizar” el acceso a Internet ofreciendo redes públicas. Y es que en documento de Redtel al que tuvo acceso el Diario Público, señalan:
La ausencia de demanda real por parte de los usuarios, la incapacidad de establecer modelos de negocio viables y la competencia de otros agentes son las principales causas de la paralización y fracaso de los proyectos de redes públicas”.Bueno, y en este aspecto seamos sinceros: Gente como yo, y probablemente como tú, que vivimos enganchados a Internet, difícilmente dejemos de contratar planes de ADSL o fibra óptica en nuestra casa… Simplemente, las conexiones gratuitas en plazas y calles que nos dan algunos ayuntamientos no nos compensan porque van a velocidades de 256 kbps y eso es como navegar en cámara lenta: Un auténtico suplicio para los frikis de la Web.
Entonces estamos claros: A lo que temen las operadoras no es a perder a los lectores de FayerWayer como clientes de Internet. Su riesgo lo ven en usuarios tipo mi abuelo, que al ser menos exigente en cuanto a velocidad y demandar menos frecuencia en las conexiones, bien podría dejar de contratar planes y llevarse su portátil o su teléfono inteligente a una plaza y desde allí revisar el correo o actualizar el Facebook… Más ahora que el clima acompaña a estar en terracitas.
Así que las operadoras ven, lo que yo veo como una forma de democratizar Internet, como una amenaza a sus negocios. Sobretodo en lo que a VoIP se refiere, porque si bien hay restricciones en las WiFi públicas en términos de velocidad (256 kbps), no lo hay sobre el tipo de datos que circulan en la red. Ya veremos en qué termina esta guerra que está por arreciar…
Link: Las telefónicas avivan la guerra contra el wifi gratis (Público)
http://www.fayerwayer.com/2011/05/operadoras-espanolas-enfilan-sus-armas-contra-el-wifi-gratis/?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+fayerwayer+%28FayerWayer%29
“La comunicación no es una cuestión de herramientas, es una cuestión de enfoques”
El modelo clásico de la comunicación, en el que el emisor manda un mensaje por un canal a un receptor, ha preponderado en la manera en que las organizaciones (sobre todo las grandes) vienen haciendo comunicación. Sin embargo, ¿ha servido este marco de referencia, profundamente mercantil en la mayoría de los casos, para fomentar el compromiso social con el desarrollo? Lejos de sumarnos a las causas de los países del Sur, parece que ha marcado más la brecha entre la imagen del Norte (como polo hegemónico) sobre el Sur (receptor pasivo de la ayuda) y, de paso, ha ayudado a mantener el statu quo de las relaciones internacionales.
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Para analizar el papel que las organizaciones tienen como agentes de comunicación vs. entidades educadoras, Teresa Burgui, periodista especializada en cooperación internacional con más de 20 años de experiencia en las áreas de comunicación y educación para el desarrollo, miembro de la Junta Directiva de la Coordinadora de ONGD de Navarra y parte de diversos grupos de trabajo en torno a comunicación y desarrollo, responde algunas preguntas que clarifican en qué momento nos encontramos y cuáles son los retos que nos quedan por afrontar.
- - En tus trabajos hablas de dos modelos de comunicación dominantes: el autoritario y el eficientista-persuasivo ¿Cuál es el papel de las ONG como comunicadoras y en qué modelo nos encontramos? ¿Qué consecuencias trae para la educación y el desarrollo?
La comunicación de las organizaciones ha sido parecida y eso ha tenido algunos resultados: si bien no han sido los esperados en términos de desarrollo se ha conseguido recaudar muchos fondos desde las grandes entidades. Sin embargo, ahora que ha llegado la crisis esas mismas organizaciones están teniendo problemas también. La gente se da de baja de las ONG por una cuestión económica que responde sobre todo a una falta de confianza hacia las organizaciones. Dice: “siempre me piden dinero, pero no se acaban los problemas ¿significa eso que voy a tener que estar siempre dando dinero?” Y empieza a pensar que, a lo mejor, la solución no es puramente económica. Eso genera al mismo tiempo muchas dudas sobre el quehacer de las organizaciones, muchos recelos.
Todo eso tiene que ver con la comunicación que hemos hecho en los últimos años, que, en muchos casos, ha sido éticamente inaceptable por las imágenes que se han usado, los mensajes que se han lanzado… No se ha sido capaz de generar una verdadera cultura de la solidaridad que se exprese en nuestra vida cotidiana, incorporada a nuestros valores y hábitos. Porque si consideramos que es un trabajo necesario y tenemos confianza en la ONG, verdaderamente el aporte mensual no es tan significativo para que nos retraigamos en épocas de crisis. Si hubiésemos conseguido todo eso, seguramente tendríamos más personas que no sólo nos apoyarían económicamente, sino que se involucrarían y participarían en las organizaciones.
- ¿Qué imagen del Sur ha contribuido a generar este modelo de comunicación?
Totalmente deseducativa. La idea que ha terminado por calar en la ciudadanía es que los problemas de los países del Sur se solucionan únicamente con dinero, y eso no es verdad. Estos conceptos han generado, por una parte, una imagen muy negativa de la inmigración, y, por otra, gran dificultad a la hora de movilizar a la ciudadanía. Este modelo ha sido muy poco eficaz desde el punto de vista cultural y a la hora de impulsar una verdadera cultura de la solidaridad.
También ha traído muchos conflictos al interior de las organizaciones. Antes decíamos: “lo que cuesta tanto esfuerzo construir como entidades educadoras con procesos educativos largos, la televisión se lo carga de un plumazo”. Pero es que ahora somos las propias organizaciones las que hacemos eso: lo que los departamentos de educación para el desarrollo construyen, los de comunicación se lo cargan con una campaña publicitaria, y esto genera grandes contradicciones. Por una parte estamos diciendo que las causas del desarrollo son económicas, políticas, sociales, estructurales… Y, por otra: “acaba con el hambre con un euro al día”. La gente se da cuenta de que mandamos mensajes incoherentes.
- En tus artículos hablas de un tercer modelo de comunicación “por descubrir”, el educativo. ¿En qué consistiría?
Planteamos un lugar donde confluyan la comunicación y la educación en una misma área de trabajo, por la propia naturaleza de los procesos comunicativos y educativos. Todo lo que comunica educa (incluso el programa de televisión más basura que haya) y, por otra parte, es imposible educar sin comunicar.
Otro de los elementos sobre el que hay que ir construyendo este “otro” modelo es el contexto de hegemonía del audiovisual. Es un tema que las organizaciones no hemos sabido abordar. Seguimos estando pegadas a la razón, a la lógica, a la cultura letrada, al boletín, al libro… y hoy, especialmente los jóvenes, aprenden fuera de todo eso. Aprenden a leer en imágenes. La imagen tiene un componente emotivo que es capaz de engancharnos, genera el deseo, y, ¿por qué no vamos a pensar que podemos tener el deseo de ser solidarios?
La mayoría de las organizaciones no hemos trabajado el audiovisual desde la cultura audiovisual, es decir, hacemos vídeos, sí, pero, ¿qué vídeos hacemos? Yo los suelo llamar vídeos “chapa”, porque una persona que se pone delante de una cámara y suelta un rollo de media hora… eso no es ni educativo ni comunicativo. Te aburre, desconectas, no encuentras ninguna relación, ningún vínculo con esa persona.
Por otro lado, es necesario también olvidarnos un poco de los medios de comunicación. En términos de eficacia, ¿qué nos aporta salir en El País, por ejemplo? ¿Qué esfuerzo vamos a tener que invertir en aparecer una vez en este diario? Porque, seamos realistas, El País no nos va a dedicar un espacio todas las semanas. De manera que no tiene sentido, porque ni son tantas las personas que nos van a leer ni tampoco es tanta la influencia que los medios convencionales están teniendo en algunos temas. Los grandes diarios están perdiendo lectores. Sin ir más lejos, en el último semestre de 2010, El País perdió 88 000. En la Unión Europea cada año pierden una media de un millón de lectores. Y el ingreso por publicidad cayó en los medios escritos en 2008 y 2009 un 40 por ciento. La hegemonía de los medios escritos pasó.
- ¿Cuáles son las demandas que trae la cultura digital? ¿Qué retos supone para la comunicación de las ONG?
La gente ya no pide participar, pide crear. Pide que lo que tú le des lo pueda destrozar para convertirlo en otra cosa, y ponerlo ahí para que otro siga transformándolo. ¿Estamos permitiendo a la gente participar de esa forma? Decimos: “la gente no participa”, pero no es verdad, participa, pero de otras maneras. Somos nosotros y nosotras los que no estamos habilitando los espacios y las formas en los que la gente está participando. ¿Por qué? Porque nos da miedo, puesto que eso significa abrir las organizaciones y estar dispuesto a todo, a lo bueno y a lo malo. Es esa demanda de interactividad la que las organizaciones tenemos el reto de asumir. ¿Estamos dispuestas? ¿Estamos preparadas?
La cultura digital tiene una gran potencialidad para las organizaciones precisamente por esa demanda de interactividad, de participación, de capacidad democratizadora de la cultura donde todo es horizontal, donde cualquiera puede participar en cualquier momento. Aún es algo por descubrir, pero podría llegar a cambiar incluso las propias instituciones.
La forma en que lo incorporemos dependerá un poco de que queramos hacer. Por ejemplo: ahora casi todas las organizaciones tienen abierto un perfil en Facebook, o en Twitter. Pero si seguimos empleando esto como un puro escaparate desde el que anunciarnos sin que nadie pueda participar no va a servir de mucho. Las nuevas tecnologías, como el acceso a un medio masivo, no nos van a garantizar que resolvamos los problemas del modelo instrumental que venimos reproduciendo. Sólo nos ayudarán si abrimos esos espacios a la participación real. La comunicación no es una cuestión de herramientas, es una cuestión de enfoques, de para qué la queremos: para qué organización, para qué desarrollo, para qué comunicación…
- ¿Qué capacidad de desarrollar este modelo de comunicación tienen las ONG en el actual panorama, donde los recortes sociales marcan una tendencia cada vez más clara hacia las soluciones a corto plazo, asistencialistas, y menos a la activación social?
Yo hago una lectura muy positiva de la crisis en este sentido porque me parece que va a servir para que las organizaciones decidan qué quieren ser, aunque de alguna manera ya lo hayan decidido. Generalmente hablamos de definir el estilo de comunicación sin darnos cuenta de que este nos elige a nosotros. Sería lo que Javier Erro llama “las mediaciones”, es decir, nosotros y nosotras definimos los objetivos de la organización que queremos ser, cómo interpretamos el desarrollo, el tipo de solidaridad… pero la comunicación que hacemos es sólo el reflejo de esas decisiones previas. Ponemos el ejemplo del Ejército: ¿una institución como el Ejército puede practicar una comunicación democrática si en sí misma es totalmente vertical y autoritaria? De la misma manera, las estructuras de las organizaciones están condicionando el tipo de comunicación que hacen.
Ahora, la organización que quiera seguir siendo una gestora de proyectos y nada más tendrá que ver cómo se adecua a este contexto de reducción de fondos. La que quiera reinventarse y recuperarse (hay muy pocas que no tengan que hacer este ejercicio) como movimiento social, como espacio de participación ciudadana, tendrá que tomar también esa decisión. ¿Son compatibles o no? No lo sé. No olvidemos que el boom de las ONGD en el Estado español se dio cuando se creó la Agencia Española de Cooperación, cuando hubo fondos para gestionar proyectos. De manera que históricamente ha sido un modelo muy pegado al sistema de cooperación estatal y, por tanto, que ha respondido a los intereses estatales de cooperación.
- En la Estrategia de Educación para el Desarrollo del 2008 del III Plan Director se habla de la necesidad de una alianza entre medios de masas y ONG. ¿De qué manera se está implementando? ¿Cómo romper la barrera de la empresa mediática a la hora de comunicar?
Constituye realmente un hito que en la Estrategia de Educación para el Desarrollo de la Cooperación Española se incorpore por primera vez la palabra comunicación y la importancia de los medios... Aunque esto no se está desarrollando de ninguna manera, como otros muchos aspectos. Sin embargo es bueno que esté ahí, puesto que constituye un referente que compromete a las entidades. Como hablábamos antes, la cultura digital del audiovisual ha propiciado que la educación salga de las escuelas o de las entidades que hacemos educación para instalarse en todo lugar y en todo momento, porque estamos en una sociedad que es en sí misma educadora. Para las ONG es la oportunidad de reivindicarse como entidades educadoras y no como gestoras de proyectos.
En este ámbito los medios son una pieza importante, puesto que construyen gran parte de la percepción que la ciudadanía tiene del desarrollo y de los países del Sur. Nuestro papel con ellos debería plantearse más desde un prisma educativo que instrumental. Hay que terminar con el discurso que sitúa a los medios únicamente como informadores o mecanismos de entretenimiento. Tenemos experiencias muy interesantes a este respecto en América Latina, donde se lleva desarrollando desde hace mucho tiempo lo que llaman las veedurías de comunicación, algo similar a lo que nosotros entendemos por observatorios. Estas veedurías llevan a cabo un monitoreo sobre el tratamiento que los medios hacen sobre algunos temas sociales y lo recogen en informes que envían a los medios. A partir de ahí se desarrolla un trabajo a través de códigos éticos, formación, etc. Esta fórmula demuestra que es posible llegar a formar alianzas con los medios para que sean conscientes de su potencial educativo.
- ¿En esta estrategia, ¿dónde se sitúan los medios alternativos, comunitarios y los nuevos movimientos que están surgiendo desde el periodismo cívico, humano, social, etc.?
Por un lado tenemos que tener en cuenta que en el Estado español, por ahora, estos movimientos son muy minoritarios. Tenemos ejemplos mucho más ricos y desarrollados en América Latina con el periodismo social, por ejemplo, que en Argentina tiene una fuerza muy grande, o el periodismo preventivo, del que también se ha empezado a hablar aquí. Muchas veces nos pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas, y sin embargo en América Latina hay un trabajo en comunicación y educación para el desarrollo mucho más profundo.
Por otro lado, no tengo una valoración muy positiva de los medios alternativos porque creo que adolecen de todos los males de la comunicación de las organizaciones: son productos pesados, que siguen apoyándose sólo en la cultura letrada, siguen muy pegados a la lógica, a la razón, a la argumentación. No han conseguido romper el círculo de los iniciados porque se han articulado sólo en oposición a las lógicas de los grandes medios. Para mí es más interesante ver los formatos que funcionan de los grandes medios y adoptarlos sin renunciar a nuestros valores, sin que esto signifique entrar en la dinámica de la televisión basura.
No conozco ningún medio alternativo que haya conseguido llegar al conjunto de la ciudadanía. Son iniciativas que han logrado reunir a gente, que han generado debate, han sido testimoniales, han encontrado sus circuitos de distribución… Pero nunca han dejado de ser minoritarios y yo creo que hay que romper un poco esa barrera de lo minoritario y lo marginal, porque el conjunto de la sociedad está informándose y educándose por otras vías a las que no sabemos llegar.
- ¿Qué influencia tiene la cultura digital en la manera en que nos relacionamos? ¿Qué papel ha jugado en casos como el de las revoluciones en el llamado mundo árabe?
La tecnología forma parte del nuevo modelo, puede fomentar la participación, y de hecho forma parte de las relaciones sociales. Sin embargo, el uso que se hace de ella es totalmente imprevisible, y lo estamos viendo con los acontecimientos en el Mediterráneo: el uso que los movimientos sociales puedan hacer de esas herramientas es muy flexible. Antes decíamos “tenemos que comunicar algo” y sabíamos que contábamos con una revista, con unos plazos, con un formato… Esto hoy en día no nos sirve, porque los formatos se han roto, los tiempos se han modificado… y sin embargo a nosotros nos cuesta mucho romper los esquemas.
No podemos controlar esos procesos comunicativos, lo que asusta bastante a las entidades que ven que en cualquier momento sus informaciones se pueden disparar. Pues bien, yo creo que eso es bueno para cualquier movimiento social, puesto que significa que está vivo y que responde más a los intereses de las personas. Estamos construyendo un modelo en función de lo que las personas expresan que quieren y necesitan, no en función de lo que nosotros interpretamos que es bueno y que necesitamos. Ha pasado un poco lo mismo con la cooperación. Decimos que escuchamos al Sur pero hay un formato de proyectos rígido, unas normas establecidas, unos criterios estatales con prioridades por países, sectoriales, etc. Es un camino totalmente marcado desde el comienzo.
Alba Onrubia García es periodista y colaboradora de Pueblos.
Este artículo ha sido publicado en el nº 46 de la Revista Pueblos, segundo trimestre de 2011.
Las agencias de calificación en el punto de mira
Desde hace unos meses hay varias querellas, en España y Portugal, que demandan a las agencias de calificación por su responsabilidad en la crisis financiera y, en particular, por su papel en la llamada crisis de deuda pública. La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿cuál es la responsabilidad real de las agencias de calificación?
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Como se sabe, las agencias de calificación son empresas privadas encargadas de valorar la calidad de los títulos financieros, algo que realizan asignándole a cada título un valor que se sitúa dentro de una escala que puede tener hasta 16 grados diferentes. Tres agencias de calificación dominan el sistema financiero internacional, y las tres son estadounidenses: Standar&Poor’s, Moody’s y Fitch. Cada escala es diferente, aunque todas se parecen entre sí. En el caso de Standar&Poor’s el valor más alto es AAA, seguido de AA+, AA, AA-, A+, A-, BBB+, BBB, y así sucesivamente.
Las agencias de calificación son en principio necesarias porque realizan una tarea que de lo contrario tendría que realizar cada inversor particular de una forma mucho más costosa y lenta. El sistema funciona como sigue.
Cuando una empresa o Estado tiene la necesidad de financiarse para llevar a cabo su actividad puede emitir unos títulos financieros llamados bonos que comprarán otros agentes llamados inversores. El inversor compra los bonos y el Estado, que gracias a esa operación ya tiene el capital que buscaba, se compromete a devolver el nominal (el total del valor del bono) más unos intereses que son la remuneración del bono (1). Y esa remuneración es lo importante, ya que será más alta cuanto más arriesgada sea la operación. Es decir, si yo soy un inversor exigiré que me paguen más cuanto más me esté arriesgando o, lo que es lo mismo, cuantas más posibilidades existan de que no se me devuelva mi dinero y/o los intereses. ¿Y cómo sé yo, como inversor, cuán arriesgada es la operación? Pues hay dos formas generales de saberlo.
La primera opción es que podría hacer un análisis exhaustivo de la situación económica-financiera de la empresa o Estado que ha emitido los bonos, estimando yo mismo las posibilidades que tengo de volver a ver mi dinero y exigiendo la remuneración en consecuencia. O bien podría, como segunda opción, ver qué dicen los expertos sobre esa empresa o Estado y fiarme de su opinión. Y dado que las agencias son precisamente las que más información tienen (ya que se permiten hacer entrevistas personales a directivos, ver cuentas económicas internas y además cuentan con recursos más que suficientes) ellas son precisamente las que hacen ese trabajo. Y acaban sintetizando esa opinión en una simple nota dentro de su escala.
Dado que el mundo financiero es un mundo que opera bajo la lógica del corto plazo todos los inversores acaban otorgando a estas clasificaciones una importancia crucial. Un simple anuncio de una agencia de calificación puede hacer que los inversores huyan de un mercado provocando graves efectos sobre los emisores. Muchos fondos de pensiones privados, y otros fondos de inversión, tienen por ejemplo prohibido invertir en títulos financieros que no tengan máxima calificación. E incluso las normas de regulación de capital dependen de estas clasificaciones privadas, de la misma forma que los bancos centrales no prestan si no es con garantías con la máxima calificación.
Pero hay varios graves problemas asociados a este sistema.
El primero es que estas agencias de calificación son empresas privadas que funcionan bajo la lógica del beneficio, y sus beneficios provienen precisamente de las operaciones que realizan. Y entonces surge un conflicto de interés: las entidades emisoras contratan a la agencia que califica sus productos, lo que es el equivalente a poner al zorro a cuidar del corral. En efecto, puede suceder que las agencias exageren la calificación otorgada y consigan así satisfacer al cliente e incrementar los beneficios por comisiones.
El segundo es todavía más grave. En realidad es imposible en ciencias sociales estimar con certeza las posibilidades de incumplimiento de una entidad o individuo. En algunos casos por falta de información (como ocurrió con las hipotecas subprime, en las que las agencias tuvieron que calificar hipotecas de prestatarios a los que desconocían ampliamente y por lo tanto tuvieron que prácticamente inventarse los métodos de estimación de incumplimiento (2)), y en otros casos porque la economía es así de puñetera y no atiende a reglas exactas.
El trabajo de A. Vilariño, N. Alonso y D. Trillo (3) reafirma esta idea al reconocer que “el futuro económico está sometido a una incertidumbre radical sobre la cual no cabe establecer distribuciones de probabilidad y mucho menos juicios determinantes como los que elaboran las agencias”. O, dicho de otro modo, que por más información y recursos que tengan las agencias nunca podrán establecer mecanismos objetivos para calificar los títulos de los emisores. Se utilicen tantas matemáticas o estadística como se quiera.
Y para demostrarlo estos autores utilizan en su trabajo la propia información ofrecida por las agencias. Se supone que la calificación de estas agencias es ordinal, lo que quiere decir que las probabilidades de incumplimiento de una empresa AAA son menores que las de una empresa calificada como AA o como BB y sobre todo que CC. Para comprobar si los métodos son adecuados bastaría revisar a posteriori si eso ha sido históricamente así, es decir, estudiar la la frecuencia de incumplimiento asociada a cada escala y ver si hay consistencia.
Los resultados según los autores son “decepcionantes”. Utilizando los datos de Moody’s para el período 1983-2008 obtuvieron que la media de frecuencia de incumplimiento de las entidades AA3 fue del 0′11%. Bajando un escalón en la escala, a la A1, deberíamos encontrar una frecuencia mayor de incumplimiento pero… ¡resulta ser del 0′04%! Y todavía seguimos bajando una escala más, a la A2, y la frecuencia sigue disminuyendo hasta la 0′02%. Y luego, eso sí, ya el resto de escalones resultan ser consistentes.
Ello revela que los sistemas de calificación son, cuando menos, inexactos. Porque lo que debería esperarse es que las entidades calificadas con menores notas tuvieran mayores frecuencias de incumplimiento que las superiores. Cosa que no ocurre siempre. De hecho, ni siquiera ocurre de media. Hay años que incluso entidades con calificación A3 quiebran y el resto de entidades en tres o cuatro escalones por debajo no lo hacen.
Las implicaciones de estos problemas deberían hacer actuar a las autoridades para mitigar las consecuencias asociadas. En primer lugar podrían romper los conflictos de intereses a través de una extensiva regulación y de la creación de agencias públicas de calificación (que no actuarían movidas por el criterio de la rentabilidad). Y en segundo lugar podrían actuar para relajar la importancia de estas agencias de calificación y sus dictámenes.
Y es que a pesar de que estas agencias se justifiquen argumentando que sólo ofrecen opiniones, lo cual en realidad es cierto, su papel en la actualidad es vital en el sistema financiero. Un simple informe negativo sobre una empresa o país puede hacer que el coste del endeudamiento se encarezca (en el caso del Estado eso significa mayor deuda pública), lo que es sinónimo de un poder excesivo. Más aún cuando sabemos que no hay fundamentos científicos detrás de esas opiniones y que, en todo caso, lo único que está contrastado es que sí existen problemáticos conflictos de interés.
(1) En realidad estoy simplificando. Ni todos los títulos se llaman bonos ni todos los bonos se remuneran de la misma forma. Por ejemplo, si los intereses se van pagando periódicamente se dice que son bonos con cupones, y si los intereses se pagan al final junto con la devolución del nominal se dice que son cupón cero. Además esos títulos pueden comprarse y venderse en los llamados mercados secundarios.
(2) De hecho sabemos ahora que muchos de esos productos estructurados que contenían hipotecas subprime y que al final resultaron no valer nada de nada habían sido valorado con las máximas calificaciones.
(3) Vilariño, A. Alonso, N. y Trillo, D. (2010): “Los errores de las agencias de calificación y la propuesta de regulación bancaria del Comité de Basilea”.
http://www.agarzon.net/?p=776
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Como se sabe, las agencias de calificación son empresas privadas encargadas de valorar la calidad de los títulos financieros, algo que realizan asignándole a cada título un valor que se sitúa dentro de una escala que puede tener hasta 16 grados diferentes. Tres agencias de calificación dominan el sistema financiero internacional, y las tres son estadounidenses: Standar&Poor’s, Moody’s y Fitch. Cada escala es diferente, aunque todas se parecen entre sí. En el caso de Standar&Poor’s el valor más alto es AAA, seguido de AA+, AA, AA-, A+, A-, BBB+, BBB, y así sucesivamente.
Las agencias de calificación son en principio necesarias porque realizan una tarea que de lo contrario tendría que realizar cada inversor particular de una forma mucho más costosa y lenta. El sistema funciona como sigue.
Cuando una empresa o Estado tiene la necesidad de financiarse para llevar a cabo su actividad puede emitir unos títulos financieros llamados bonos que comprarán otros agentes llamados inversores. El inversor compra los bonos y el Estado, que gracias a esa operación ya tiene el capital que buscaba, se compromete a devolver el nominal (el total del valor del bono) más unos intereses que son la remuneración del bono (1). Y esa remuneración es lo importante, ya que será más alta cuanto más arriesgada sea la operación. Es decir, si yo soy un inversor exigiré que me paguen más cuanto más me esté arriesgando o, lo que es lo mismo, cuantas más posibilidades existan de que no se me devuelva mi dinero y/o los intereses. ¿Y cómo sé yo, como inversor, cuán arriesgada es la operación? Pues hay dos formas generales de saberlo.
La primera opción es que podría hacer un análisis exhaustivo de la situación económica-financiera de la empresa o Estado que ha emitido los bonos, estimando yo mismo las posibilidades que tengo de volver a ver mi dinero y exigiendo la remuneración en consecuencia. O bien podría, como segunda opción, ver qué dicen los expertos sobre esa empresa o Estado y fiarme de su opinión. Y dado que las agencias son precisamente las que más información tienen (ya que se permiten hacer entrevistas personales a directivos, ver cuentas económicas internas y además cuentan con recursos más que suficientes) ellas son precisamente las que hacen ese trabajo. Y acaban sintetizando esa opinión en una simple nota dentro de su escala.
Dado que el mundo financiero es un mundo que opera bajo la lógica del corto plazo todos los inversores acaban otorgando a estas clasificaciones una importancia crucial. Un simple anuncio de una agencia de calificación puede hacer que los inversores huyan de un mercado provocando graves efectos sobre los emisores. Muchos fondos de pensiones privados, y otros fondos de inversión, tienen por ejemplo prohibido invertir en títulos financieros que no tengan máxima calificación. E incluso las normas de regulación de capital dependen de estas clasificaciones privadas, de la misma forma que los bancos centrales no prestan si no es con garantías con la máxima calificación.
Pero hay varios graves problemas asociados a este sistema.
El primero es que estas agencias de calificación son empresas privadas que funcionan bajo la lógica del beneficio, y sus beneficios provienen precisamente de las operaciones que realizan. Y entonces surge un conflicto de interés: las entidades emisoras contratan a la agencia que califica sus productos, lo que es el equivalente a poner al zorro a cuidar del corral. En efecto, puede suceder que las agencias exageren la calificación otorgada y consigan así satisfacer al cliente e incrementar los beneficios por comisiones.
El segundo es todavía más grave. En realidad es imposible en ciencias sociales estimar con certeza las posibilidades de incumplimiento de una entidad o individuo. En algunos casos por falta de información (como ocurrió con las hipotecas subprime, en las que las agencias tuvieron que calificar hipotecas de prestatarios a los que desconocían ampliamente y por lo tanto tuvieron que prácticamente inventarse los métodos de estimación de incumplimiento (2)), y en otros casos porque la economía es así de puñetera y no atiende a reglas exactas.
El trabajo de A. Vilariño, N. Alonso y D. Trillo (3) reafirma esta idea al reconocer que “el futuro económico está sometido a una incertidumbre radical sobre la cual no cabe establecer distribuciones de probabilidad y mucho menos juicios determinantes como los que elaboran las agencias”. O, dicho de otro modo, que por más información y recursos que tengan las agencias nunca podrán establecer mecanismos objetivos para calificar los títulos de los emisores. Se utilicen tantas matemáticas o estadística como se quiera.
Y para demostrarlo estos autores utilizan en su trabajo la propia información ofrecida por las agencias. Se supone que la calificación de estas agencias es ordinal, lo que quiere decir que las probabilidades de incumplimiento de una empresa AAA son menores que las de una empresa calificada como AA o como BB y sobre todo que CC. Para comprobar si los métodos son adecuados bastaría revisar a posteriori si eso ha sido históricamente así, es decir, estudiar la la frecuencia de incumplimiento asociada a cada escala y ver si hay consistencia.
Los resultados según los autores son “decepcionantes”. Utilizando los datos de Moody’s para el período 1983-2008 obtuvieron que la media de frecuencia de incumplimiento de las entidades AA3 fue del 0′11%. Bajando un escalón en la escala, a la A1, deberíamos encontrar una frecuencia mayor de incumplimiento pero… ¡resulta ser del 0′04%! Y todavía seguimos bajando una escala más, a la A2, y la frecuencia sigue disminuyendo hasta la 0′02%. Y luego, eso sí, ya el resto de escalones resultan ser consistentes.
Ello revela que los sistemas de calificación son, cuando menos, inexactos. Porque lo que debería esperarse es que las entidades calificadas con menores notas tuvieran mayores frecuencias de incumplimiento que las superiores. Cosa que no ocurre siempre. De hecho, ni siquiera ocurre de media. Hay años que incluso entidades con calificación A3 quiebran y el resto de entidades en tres o cuatro escalones por debajo no lo hacen.
Las implicaciones de estos problemas deberían hacer actuar a las autoridades para mitigar las consecuencias asociadas. En primer lugar podrían romper los conflictos de intereses a través de una extensiva regulación y de la creación de agencias públicas de calificación (que no actuarían movidas por el criterio de la rentabilidad). Y en segundo lugar podrían actuar para relajar la importancia de estas agencias de calificación y sus dictámenes.
Y es que a pesar de que estas agencias se justifiquen argumentando que sólo ofrecen opiniones, lo cual en realidad es cierto, su papel en la actualidad es vital en el sistema financiero. Un simple informe negativo sobre una empresa o país puede hacer que el coste del endeudamiento se encarezca (en el caso del Estado eso significa mayor deuda pública), lo que es sinónimo de un poder excesivo. Más aún cuando sabemos que no hay fundamentos científicos detrás de esas opiniones y que, en todo caso, lo único que está contrastado es que sí existen problemáticos conflictos de interés.
(1) En realidad estoy simplificando. Ni todos los títulos se llaman bonos ni todos los bonos se remuneran de la misma forma. Por ejemplo, si los intereses se van pagando periódicamente se dice que son bonos con cupones, y si los intereses se pagan al final junto con la devolución del nominal se dice que son cupón cero. Además esos títulos pueden comprarse y venderse en los llamados mercados secundarios.
(2) De hecho sabemos ahora que muchos de esos productos estructurados que contenían hipotecas subprime y que al final resultaron no valer nada de nada habían sido valorado con las máximas calificaciones.
(3) Vilariño, A. Alonso, N. y Trillo, D. (2010): “Los errores de las agencias de calificación y la propuesta de regulación bancaria del Comité de Basilea”.
http://www.agarzon.net/?p=776
Situación y futuro de la Democracia
Una mirada al Reino Unido, Estados Unidos y Europa.
Pregunta: ¿Hasta qué punto son libres y democráticas nuestras sociedades?
Noam Chomsky: Atendiendo a estándares históricos, estas sociedades son bastante libres. Son democráticas en el sentido de que tienen elecciones formales que no están amañadas y todo eso. No son democráticas en cuanto a que hay otras fuerzas, que no tienen nada que ver con lo popular, que afectan de manera determinante a quién puede presentarse a unas elecciones. Estados Unidos es el caso más extremo a este respecto. En este momento, las elecciones en Estados Unidos están básicamente compradas. No puedes presentarte a unas elecciones a menos que dispongas de una enorme cantidad de capital, lo que significa que, aunque no representan ni al 1% de la población, son sobre todo las grandes corporaciones las que proporcionan ese respaldo de capital. En las elecciones de 2008, por ejemplo, lo que llevó a Obama a la victoria final fue una sustancial ayuda procedente de instituciones financieras que son ahora el núcleo de la economía. Se estima que las próximas elecciones costarán unos 2.000 millones de dólares, y solo hay un sitio al que acudir en busca de una suma de dinero semejante.
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Antes solía haber un sistema de asignación de puestos en los comités del Congreso a los que se accedía por veteranía y todo eso. Ahora mismo, generalmente se exige que quienes aportan fondos estén en el comité del partido, lo que significa que incluso esos puestos están, en gran medida, comprados. Esto significa que la opinión popular está mucho más marginada. Esto se ve muy claro en cualquier asunto del que se trate. Se dice que el gran problema ahora mismo, a nivel nacional, es el déficit. Pues bien, la gente tiene ideas sobre cómo acabar con el déficit. Por ejemplo: gran parte del déficit es el resultado de un sistema de salud altamente defectuoso cuyo coste per cápita es cerca del doble que en otros países y que, en modo alguno, obtiene mejores resultados; de hecho, los resultados son bastante más pobres. La población se ha mostrado desde hace tiempo a favor de cambiar a un tipo de sistema nacional de salud, que sería mucho menos caro y (a juzgar por los resultados) nunca peor, incluso puede que mejor. ¡Solo eso ya eliminaría el déficit! ¡Y ni siquiera se ha considerado!
P: ¿Qué es lo que realmente mueve nuestra política exterior y cómo nos afecta eso a nosotros, los ciudadanos?
NC: La política exterior del Reino Unido y Europa tiende a seguir a Estados Unidos; no completamente, pero EE UU sigue siendo el principal conductor de la política exterior. No es ningún secreto qué es lo que mueve la política exterior. Bill Clinton, por ejemplo, fue bastante explícito sobre ello. Su postura, expresada con claridad en el Congreso, fue que EE UU tiene derecho a llevar a cabo una acción militar unilateral, apoyado en ocasiones por una –así llamada– coalición de los dispuestos, para asegurarse recursos y mercados y que debe tener fuerzas militares desplegadas –lo que significa bases extranjeras en Europa y en cualquier otra parte– para modelar los acontecimientos en nuestro interés. Nuestro interés no significa el del pueblo americano, sino el interés de quienes diseñan la política; fundamentalmente, las grandes corporaciones.
La política exterior puede emprenderse por vías que puedan perjudicar a la seguridad. De hecho, no es infrecuente, después de todo. Si seguimos la Comisión Chilcot [la comisión del parlamento británico encargada de investigar el papel del Reino Unido en la Guerra de Irak. N. del T.], la jefa del MI5 testificó –como mera extensión de algo que ya se sabía– que tanto Estados Unidos como Gran Bretaña reconocían que Sadam Husein no era una amenaza y que la invasión aumentaría, muy probablemente, la amenaza del terror. Y de hecho, ¡lo hizo! Aproximadamente siete veces en el primer año, según estadísticas cuasi oficiales. Así que se emprendió una invasión que provocaría daños a los ciudadanos de los países invasores, como en efecto ocurrió. Al principio, por supuesto, los motivos se presentaron con las coletillas habituales, es decir, con el dossier informativo que acompaña cada uso de la fuerza, con alusiones a la democracia y a toda clase de conceptos maravillosos. Cuando empezó a verse claro que los objetivos de la guerra no iban a alcanzarse con facilidad, hacia el final de la invasión, ciertas políticas se establecieron con claridad. En noviembre de 2007, la Administración Bush emitió una Declaración de Principios que establecía que cualquier acuerdo con Irak habría de garantizar la capacidad ilimitada de las fuerzas norteamericanas para operar allí –esencialmente, bases militares permanentes– y que dicho acuerdo debería también asegurar la posición de privilegio de los inversores de EE UU sobre los sistemas de energía. En 2008 Bush reiteró, y de hecho, reforzó, este aspecto en un mensaje al Congreso, en el que dijo que haría caso omiso de cualquier legislación que limitara la capacidad norteamericana para usar la fuerza en Irak o que interfiriera con el control norteamericano sobre el petróleo iraquí. Esto se declaró muy clara y explícitamente. En realidad, EE UU tuvo que dar marcha atrás en sus objetivos como consecuencia de la resistencia iraquí; pero los objetivos en sí mismos fueron claros y explícitos, y no tenían nada que ver con la seguridad de los norteamericanos. Esto mismo es cierto en cualquier otra parte. Un eminente especialista en Pakistán revisó recientemente las políticas norteamericanas en Pakistán y Afganistán, revelando una vez más que estas políticas están aumentando de manera significativa la amenaza del terror y hasta posiblemente del terror nuclear. Sus conclusiones fueron que los soldados norteamericanos y británicos están muriendo en Afganistán para hacer el mundo menos seguro para los norteamericanos y los británicos. Esto no es tan infrecuente. La seguridad no es, típicamente, una prioridad esencial de los Estados. Hay otros intereses.
P: ¿Hasta qué punto están influenciados los medios por los objetivos del Gobierno y de las empresas?
NC: Hay casos en los que tiene lugar una interferencia directa del Gobierno y de las empresas, pero no creo que ese sea el principal problema en lo tocante a la influencia del Gobierno y las empresas sobre los medios. Tomando a Estados Unidos como ejemplo, los medios son grandes corporaciones, o sea que no es una cuestión de influencia empresarial; son corporaciones que están estrechamente ligadas al Gobierno. Hay un flujo constante de gente entre las corporaciones y el Gobierno; las interacciones son muy estrechas. El entramado de selección de los contenidos sobre los que se debe informar, cómo se debe informar y demás está modelado de manera determinante por los intereses compartidos de las élites del mundo de los negocios, el Gobierno, etc. De hecho, en las universidades no es diferente, y puede verse día tras día. No hay más que fijarse en la zona de exclusión aérea en Libia. En Libia, la intervención –tanto si uno la aprueba como si no– la están llevando a cabo las tres potencias imperiales tradicionales: EE UU, Gran Bretaña y Francia. Hay una participación marginal de algunos otros países de la OTAN, pero los principales países rehúsan involucrarse, y muchos simplemente se oponen a ella. Los BRICS [grupo integrado por cinco países con gran territorio y población: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. N. del T.], por ejemplo, están en contra, y Turquía no quiere involucrarse. Pues bien, estos tres, este triunvirato imperial, dieron gran difusión en su propaganda a una petición de la Liga Árabe sobre una zona de exclusión aérea. La declaración de la Liga Árabe era bastante tibia, y así fue calificada poco después, pero había, de hecho, una llamada en pro de una zona de exclusión aérea. Al mismo tiempo, la Liga Árabe solicitó una zona de exclusión aérea sobre Gaza. En Estados Unidos, literalmente no se informó de eso. Aunque algunos periódicos pequeños puedan haber hablado de ello, no hubo ningún medio importante –ni el New York Times, ni el Washington Post, ninguno de los grandes– que informara de ello. En realidad, en toda la prensa angloamericana, la única mención apareció en el Financial Times. Bueno, se trataba de una zona de exclusión aérea sobre Gaza… algo que no se ajusta a los intereses norteamericanos y, en consecuencia, no era noticia. Al mismo tiempo, la zona de exclusión sobre Libia sí que se ajustaba a los intereses del triunvirato imperial, así que eso era una noticia importante. Y este es el estándar; ocurre a todas horas.
Uno de los ejemplos más impactantes que nos dice algo sobre la cultura intelectual generalizada tiene que ver con Wikileaks. La filtración que recibió, con diferencia, la mayor atención en términos de titulares y comentarios eufóricos fue que los árabes apoyaban la política norteamericana con respecto a Irán, la hostilidad hacia Irán. Eso estaba por todas partes y fue muy interesante, porque a lo que se refería en realidad era a los dictadores árabes. ¿Y qué hay de la opinión pública árabe? Bueno, eso también fue estudiado, y fue estudiado por las más prestigiosas instituciones de encuestas norteamericanas y publicado por instituciones tan prestigiosas como Brookings. ¡La prensa no informó sobre estos estudios! En Estados Unidos, literalmente no se informó. Creo que hubo un reportaje en Inglaterra. Estos estudios colocan a Egipto como el país más importante de la región, y en Egipto el 90% de la población considera a Estados Unidos como la amenaza más importante. El 80% cree que la región sería más segura si Irán tuviera armas nucleares. Solo un pequeño porcentaje, puede que un 10%, considera a Irán una amenaza. Esas cifras son bastante similares en toda la región. Pero para los políticos, eso no tiene importancia. Mientras los dictadores nos apoyen, ¿qué más da?
Esto nos lleva de vuelta a nuestra primera pregunta sobre la actitud hacia la democracia. La actitud es que la población no importa, mientras esté bajo control; y esto se puede comprobar. Este es, por cierto, un problema bastante viejo. Si tuviéramos una información seria sobre estos temas, no solo se informaría sobre la opinión pública árabe, sino también sobre el hecho de que la política de ignorar a la opinión pública árabe ha estado presente desde hace tiempo. En los años 50, el presidente Eisenhower estaba preocupado por lo que él llamaba la ‘campaña del odio’ en el mundo árabe; no por parte de los Gobiernos, sino de la gente. En el mismo año, el Consejo de Seguridad Nacional publicó un estudio que concluía que la percepción entre la gente del mundo árabe era que Estados Unidos apoya a las dictaduras brutales y violentas, bloqueando la democracia y el desarrollo, y lo hace para mantener el control sobre sus fuentes de energía. Acabó concluyendo que la percepción (de los objetivos en política exterior) era más o menos exacta, y que, mientras los dictadores nos apoyaran, ¿a quién le importa que haya una campaña de odio?, siempre y cuando podamos controlar a la población… Eso se ha mantenido como una política consistente, dramáticamente patente hoy día, y como puede verse por la reacción a estas filtraciones e informes con datos cruciales no publicados, se ha convertido en una actitud generalmente aceptada entre los sectores mejor formados.
P: ¿Cuál es la verdadera naturaleza de la subversión informativa que se aprecia en los gobiernos y las grandes corporaciones?
NC: Yo diría que, hasta ahora, hay miles de páginas con información detallada sobre este tema. Sin ir más lejos, miremos los temas que acabamos de mencionar. ¿Es importante para nosotros saber que la invasión de Irak se emprendió con la expectativa de que aumentaría el terrorismo?, ¿que se emprendió con la intención de asegurar que las corporaciones norteamericanas tuvieran acceso privilegiado al petróleo iraquí? ¿y que se convertiría en una base militar permanente de EE UU? Yo creo que habría sido importante para el público saber eso. Creo que sería importante para el público saber que la opinión pública árabe es tan hostil al poder occidental (en concreto, a EE UU) que considera a EE UU como la primera amenaza y cree que la región estaría mejor si Irán tuviera armas nucleares. ¿Es importante para la gente de Estados Unidos y Gran Bretaña saber eso? ¡Yo diría que sí! Y podríamos seguir con otros casos. Por ejemplo, ¿es importante para los norteamericanos saber que, si tuviéramos un sistema de salud similar al de otras sociedades industrializadas, el déficit se eliminaría y no tendríamos que ir contra las pensiones de los maestros o el pago de medicinas para los ancianos, etc? Sí; creo que sería importante saberlo. ¡De hecho, creo que eso debería ser un titular a toda plana!
Toda esta información puede obtenerse a poco que se investigue, pero ni siquiera se menciona a los ojos del público.
P: ¿Qué influencia ejercen las grandes corporaciones en la sociedad?
NC: Las corporaciones juegan un papel determinante en la sociedad. No creo que este hecho sea ni siquiera discutible. Adam Smith ya hacía apreciaciones similares hace tiempo, señalando que en Gran Bretaña los principales arquitectos de la política eran los comerciantes y los industriales, la gente que era dueña de la sociedad, y se aseguraban de que se sirviera a sus intereses sin importar el doloroso impacto para el pueblo de Inglaterra. Esto es mucho más cierto hoy día, con concentraciones de poder mucho mayores; ahora ya no somos solo industriales: tenemos instituciones financieras y corporaciones multinacionales. Tienen una enorme influencia, y esa influencia puede ser no solo dañina, sino letal en muchos casos.
Tomando como ejemplo a Estados Unidos, las corporaciones han estado realizando grandes campañas propagandísticas para convencer a la población de que el cambio climático no es una amenaza. Esto ha llevado, en efecto, a la mayoría de la gente a estar de acuerdo en que no es un problema real. El capital privado ha sido también el instrumento principal que ha llevado al Congreso a un nuevo grupo de notables, unas figuras que son, prácticamente todas, negacionistas del cambio climático. Estos individuos están a punto de aprobar una legislación que reduzca los fondos del organismo internacional (el IPCC) [Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, el comité de expertos auspiciado por la ONU para tratar este asunto. N del T.] y la capacidad de la Agencia de Protección Ambiental, que puede que ni siquiera sea capaz de monitorizar el efecto de los gases de efecto invernadero ni de llevar a cabo otras acciones que podrían reducir el impacto del calentamiento global, que es una amenaza muy seria. Esto lo han hecho los ejecutivos de las grandes empresas mediante campañas de propaganda y financiando a las figuras políticas que dinamitan esos esfuerzos. Ellos comprenden tan bien como cualquiera que el calentamiento global es una amenaza muy grave, pero aquí entra a jugar el rol institucional. Cuando eres el consejero delegado de una gran empresa, tu tarea es maximizar el beneficio a corto plazo. Eso es mucho más cierto ahora de lo que lo haya sido nunca antes. Estamos en una nueva fase del capitalismo de Estado en la que el futuro simplemente no importa demasiado; ni siquiera la supervivencia de la empresa importa demasiado. Lo que importa cada vez más es el beneficio a corto plazo, y si no es eso lo que persigue un consejero delegado, será reemplazado por otro que lo haga. Este es un efecto institucional, no personal, y tiene extraordinarias implicaciones en la sociedad. De hecho, podría destruir nuestra propia existencia.
P: ¿Hasta qué punto existe todavía un sistema de clases en las sociedades occidentales?
NC: Las clases dirigentes están librando constantemente una dura guerra de clases y son conscientes de ello. Si leemos la prensa de negocios, se lamentan del peligro al que se enfrentan los empresarios, del creciente poder político de las masas, de la necesidad de pelear en la interminable batalla por las mentes de la gente, etc. ¡Y actúan al respecto! Continuamente realizan grandes campañas que garanticen que la concentración de poder en manos del sector empresarial siga creciendo. En los últimos treinta años, más o menos, ha habido cambios en la naturaleza de la economía, que se ha desplazado desde el capitalismo hacia el capitalismo de Estado. Gran parte del dinamismo de una economía proviene del Estado; los ordenadores, Internet, la revolución tecnológica, etc. Las aplicaciones vienen del sector privado, pero no la investigación y el desarrollo. Eso sigue siendo cierto en todas las áreas. En los últimos treinta años ha habido un cambio significativo hacia la ‘financialización’ de la economía. Las instituciones financieras tienen ahora una cuota mucho mayor en los beneficios económicos de la que tenían hace cuarenta años. Se ha dado también otro desplazamiento hacia la externalización de la producción, que, en realidad, coloca a los trabajadores de todo el mundo en competición, con consecuencias obvias. Esos movimientos han puesto en movimiento un círculo vicioso en el que la riqueza esta cada vez más concentrada en una población extremadamente pequeña. En Estados Unidos, el primer factor de desigualdad es la concentración extrema de la riqueza en una fracción del 1% de la población, que incluye a consejeros delegados, directores de fondos de inversión, etc. Según aumenta esa concentración de la riqueza, lleva consigo una concentración de poder político, dado que la riqueza tiene un enorme efecto sobre el sistema político, y el poder político, a su vez, conduce a una legislación que refuerza la concentración de la riqueza. Políticas fiscales, desregulaciones, normas sobre los estatutos de las empresas, etc. Este ciclo existe en todo el mundo, pero en Estados Unidos es demoledor. Como muestra, en la última generación hemos visto repetidas crisis financieras que simplemente no se daban en los años 50 o en los 60, cuando las medidas de new-deal [programas económicos intervencionistas impulsados en los años 30 por Roosevelt para superar la Gran Depresión. N. del T.] todavía estaban vigentes y el sistema financiero estaba mucho más restringido. Las crisis cada vez mayores ya no son un problema para los grandes bancos y los grandes inversores porque pueden confiar en papá Estado para que los rescate. Si tuviéramos un sistema capitalista, las crisis financieras serían graves, pero sus consecuencias se saldarían únicamente con la bancarrota de los culpables, con lo que Goldman Sachs, JP Morgan Chase y Citigroup simplemente no existirían; ¡habrían entrado en bancarrota hace mucho tiempo! Pero como no estamos en un sistema capitalista, han sido rescatados de manera reiterada por el contribuyente. De hecho, se los ha considerado por parte de las políticas reguladoras gubernamentales como “demasiado grandes para caer”, y las agencias de calificación lo tienen en cuenta. Cuando establecen el nivel de riesgo de Goldman Sachs, tienen en cuenta que, si se embarcan en muchas transacciones de alto riesgo y, por tanto, consiguen un enorme beneficio que termina colapsando el sistema, habrá un rescate que hará subir la calificación de esas firmas, lo que significa que podrán obtener créditos más baratos, y así sucesivamente. Mientras tanto, para el grueso de la población de las últimas generaciones –es decir, para la abrumadora mayoría– los ingresos han descendido de manera muy notable, mientras que las horas de trabajo han aumentado y los beneficios se han reducido, lo que ha llevado a una población enfadada, frustrada y confusa que está mucho más distanciada de las decisiones políticas. Decisiones que están, en enorme proporción, en manos de una concentración de poder extremadamente pequeña; y los medios de comunicación colaboran en ello, ya que son esencialmente parte del sistema. Hay algunas voces críticas en la periferia –después de todo, esta es una sociedad libre– pero las fuerzas mayoritarias tienden a apoyar al sistema. Estas son tendencias muy antidemocráticas, y también bastante peligrosas.
Una mirada a los conflictos.
P: ¿Cuál es su visión de la ‘guerra global contra el terror’?
NC: El problema es que no existe. No se combate al terror con acciones que se sabe de antemano que aumentarán el terror. La invasión de Irak, de nuevo, se emprendió con la expectativa de que aumentaría el terrorismo, y de hecho lo hizo. Eso no es una guerra contra el terror. No debería haber una guerra contra el terror, sino esfuerzos para debilitar al terror. Los modos de hacer esto son bien conocidos y entendidos. Gran Bretaña es un ejemplo perfectamente válido. Tomemos, por ejemplo, el terrorismo del IRA, que era bastante serio. Mientras Gran Bretaña respondió usando la violencia, contribuyó a una escalada del ciclo del terror. Finalmente –en parte, por la influencia de Estados Unidos y en parte por la presión interna–, la respuesta fue prestar atención a las quejas legítimas que subyacían en las acciones terroristas. Y bien, eso condujo al declive del terror. Por ahora, Irlanda del Norte –aunque no es ninguna utopía– no es, desde luego, como era hace solo quince años. ¡Esa es la manera de abordar el terror! Observar sus raíces, su origen, y hacer algo al respecto.
Una mirada a la globalización y la sociedad
P: ¿Cuáles son sus visiones acerca de la globalización y el desplazamiento del poder económico hacia China y la India?
NC: Antes de nada, deberíamos ser cuidadosos al hablar de “desplazamiento del poder económico”. Es cierto, desde luego, que China y la India han tenido tasas de crecimiento muy significativas, pero se trata de países muy pobres. Echemos un vistazo a su renta per cápita, por ejemplo. Según las cifras del Banco Mundial (que están groseramente subestimadas) China tiene quizá el 5% de la renta per cápita de Estados Unidos, y la India en torno al 2%. Estas cifras deberían multiplicarse por dos o por tres, pero incluso así suponen una pequeña fracción de las occidentales. China ha crecido de manera espectacular, y ha habido un impacto bastante significativo en la reducción de la pobreza y demás. A pesar de todo, China sigue siendo, de momento, una planta de ensamblaje. Si echamos un vistazo al déficit comercial de Estados Unidos con China (algo de lo que se ha hablado mucho) y lo calculamos con exactitud, en términos de valor añadido, resulta que el déficit comercial con China está sobreestimado entre un 25 y un 30 por ciento. El déficit comercial con Japón, Taiwán y Corea del Sur está subestimado en la misma proporción. El motivo es que, dentro del dinámico sistema de producción de Asia del Este, los componentes de alta tecnología vienen de la periferia –de Japón, Corea del Sur y Taiwán– y China los monta. Con el tiempo, esto cambiará, a medida que China vaya escalando peldaños en la escalera tecnológica, pero en este momento es así. Esto es aún más claro en el caso de la India, que tiene cientos de millones de personas que están excluidas por completo del sistema. Los suicidios de campesinos aumentan aproximadamente en la misma proporción que la creación de millonarios. Un par de cientos de millones de personas han obtenido ganancias, mientras otras muchas no, y su situación ha ido empeorando. Existen, además, enormes problemas ecológicos que no son contabilizados como costes, aunque deberían serlo. Lo que está ocurriendo allí es bastante espectacular.
Se ha hablado mucho de que China posee una parte de la deuda de EE UU y de lo que eso implica, y todo eso. Japón posee aproximadamente la misma cantidad de deuda norteamericana, lo que no otorga a Japón ningún poder sobre Estados Unidos. Hay muchos comentarios engañosos sobre estos temas.
P: ¿Cómo cree que será el mundo dentro de 25 años?
NC: Bueno, están ocurriendo varias cosas. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos era abrumadoramente dominante; su poder ha ido declinando desde entonces, y continúa en declive en este momento. En parte, este declive tiene que ver con el crecimiento cada vez mayor de la producción asiática; no debemos exagerarlo, pero es ciertamente una de las razones. Otro factor es el ataque interno a la salud de la sociedad norteamericana; la ofensiva de las corporaciones que ha tenido lugar en la última generación ha debilitado seriamente a la sociedad norteamericana. Hay un ataque al sistema educativo que tendrá graves efectos a largo plazo sobre la economía; hay un ataque generalizado contra la clase trabajadora: el círculo vicioso que antes describí es beneficioso para un pequeño sector de la población, pero es dañino para todos los demás. Las infraestructuras están en un estado lamentable. ¡Cualquiera que viaje a Estados Unidos desde Europa o incluso desde Asia piensa a menudo que está llegando a un país del tercer mundo! Y esto va a peor. No supone un problema para el pequeño sector de ricos y poderosos que externalizan la producción y se dedican a la especulación financiera; para ellos, realmente no importa si el país está en declive. Pero está en declive, y sufre ataques internos. Estados Unidos tiene una crisis financiera –el problema del déficit y de la deuda– debida a dos motivos. Uno, un presupuesto militar enormemente abultado, que es aproximadamente el mismo que el del resto del mundo junto, y en segundo lugar, un sistema sanitario desregulado, privatizado y altamente deficiente. Esos dos elementos están siendo protegidos, y eso, junto con el círculo vicioso que he mencionado, conduce a graves problemas internos que harán que el declive continúe. Además, el problema medioambiental es muy serio. Si Estados Unidos no se pone en cabeza, el resto del mundo no va a hacer demasiado. Si Estados Unidos mina los esfuerzos para atajar los problemas ambientales –como está sucediendo ahora–, la cosa va a ser aún más grave, y eso es exactamente lo que tenemos enfrente de nosotros, por las razones institucionales que he mencionado. Dentro de treinta años, eso será mucho más importante.
Por desgracia, existe además una amenaza cada vez mayor de guerra nuclear e incluso de terrorismo nuclear. Es por eso por lo que antes mencioné la política de EE UU en Afganistán y Pakistán. Parte de esa política aumenta el riesgo de que materiales fisionables puedan caer en manos de islamistas radicales. Hay que decir que el islamismo radical ha sido fuertemente apoyado durante mucho tiempo por Estados Unidos y Gran Bretaña para combatir el nacionalismo secular. Estados Unidos también ha apoyado los programas nucleares de Pakistán, India e Israel, los tres no firmantes del Tratatado de No Proliferación. Todo eso supone una mezcla explosiva.
También va a haber cada vez más conflictos por los recursos. Los recursos se están exprimiendo hasta el límite, y con un crecimiento cada vez mayor, la competencia será dura, lo que conducirá a graves conflictos por los recursos y puede que a guerras de algún tipo. Puede que no se trate de guerras militares, pero algún tipo de conflicto. Si miramos, por ejemplo, a la reserva de energía más importante del mundo, en Oriente Medio, ¡en este momento esos recursos están yendo más al Este que a Occidente! Estados Unidos tolera esto de buen grado; quieren que el petróleo saudí vaya a China para socavar las iniciativas de China en Irán. Eso forma parte de la estrategia geopolítica norteamericana, pero provocará conflictos, y es también cierto para otros recursos como el hierro, el cobre, el litio, etc. Este es un problema grave y creciente, y da una predicción bastante sombría del futuro, a menos que haya cambios significativos.
Fuente: http://thoughteconomics.blogspot.com/2011/04/understanding-democracy.html
Pregunta: ¿Hasta qué punto son libres y democráticas nuestras sociedades?
Noam Chomsky: Atendiendo a estándares históricos, estas sociedades son bastante libres. Son democráticas en el sentido de que tienen elecciones formales que no están amañadas y todo eso. No son democráticas en cuanto a que hay otras fuerzas, que no tienen nada que ver con lo popular, que afectan de manera determinante a quién puede presentarse a unas elecciones. Estados Unidos es el caso más extremo a este respecto. En este momento, las elecciones en Estados Unidos están básicamente compradas. No puedes presentarte a unas elecciones a menos que dispongas de una enorme cantidad de capital, lo que significa que, aunque no representan ni al 1% de la población, son sobre todo las grandes corporaciones las que proporcionan ese respaldo de capital. En las elecciones de 2008, por ejemplo, lo que llevó a Obama a la victoria final fue una sustancial ayuda procedente de instituciones financieras que son ahora el núcleo de la economía. Se estima que las próximas elecciones costarán unos 2.000 millones de dólares, y solo hay un sitio al que acudir en busca de una suma de dinero semejante.
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Antes solía haber un sistema de asignación de puestos en los comités del Congreso a los que se accedía por veteranía y todo eso. Ahora mismo, generalmente se exige que quienes aportan fondos estén en el comité del partido, lo que significa que incluso esos puestos están, en gran medida, comprados. Esto significa que la opinión popular está mucho más marginada. Esto se ve muy claro en cualquier asunto del que se trate. Se dice que el gran problema ahora mismo, a nivel nacional, es el déficit. Pues bien, la gente tiene ideas sobre cómo acabar con el déficit. Por ejemplo: gran parte del déficit es el resultado de un sistema de salud altamente defectuoso cuyo coste per cápita es cerca del doble que en otros países y que, en modo alguno, obtiene mejores resultados; de hecho, los resultados son bastante más pobres. La población se ha mostrado desde hace tiempo a favor de cambiar a un tipo de sistema nacional de salud, que sería mucho menos caro y (a juzgar por los resultados) nunca peor, incluso puede que mejor. ¡Solo eso ya eliminaría el déficit! ¡Y ni siquiera se ha considerado!
P: ¿Qué es lo que realmente mueve nuestra política exterior y cómo nos afecta eso a nosotros, los ciudadanos?
NC: La política exterior del Reino Unido y Europa tiende a seguir a Estados Unidos; no completamente, pero EE UU sigue siendo el principal conductor de la política exterior. No es ningún secreto qué es lo que mueve la política exterior. Bill Clinton, por ejemplo, fue bastante explícito sobre ello. Su postura, expresada con claridad en el Congreso, fue que EE UU tiene derecho a llevar a cabo una acción militar unilateral, apoyado en ocasiones por una –así llamada– coalición de los dispuestos, para asegurarse recursos y mercados y que debe tener fuerzas militares desplegadas –lo que significa bases extranjeras en Europa y en cualquier otra parte– para modelar los acontecimientos en nuestro interés. Nuestro interés no significa el del pueblo americano, sino el interés de quienes diseñan la política; fundamentalmente, las grandes corporaciones.
La política exterior puede emprenderse por vías que puedan perjudicar a la seguridad. De hecho, no es infrecuente, después de todo. Si seguimos la Comisión Chilcot [la comisión del parlamento británico encargada de investigar el papel del Reino Unido en la Guerra de Irak. N. del T.], la jefa del MI5 testificó –como mera extensión de algo que ya se sabía– que tanto Estados Unidos como Gran Bretaña reconocían que Sadam Husein no era una amenaza y que la invasión aumentaría, muy probablemente, la amenaza del terror. Y de hecho, ¡lo hizo! Aproximadamente siete veces en el primer año, según estadísticas cuasi oficiales. Así que se emprendió una invasión que provocaría daños a los ciudadanos de los países invasores, como en efecto ocurrió. Al principio, por supuesto, los motivos se presentaron con las coletillas habituales, es decir, con el dossier informativo que acompaña cada uso de la fuerza, con alusiones a la democracia y a toda clase de conceptos maravillosos. Cuando empezó a verse claro que los objetivos de la guerra no iban a alcanzarse con facilidad, hacia el final de la invasión, ciertas políticas se establecieron con claridad. En noviembre de 2007, la Administración Bush emitió una Declaración de Principios que establecía que cualquier acuerdo con Irak habría de garantizar la capacidad ilimitada de las fuerzas norteamericanas para operar allí –esencialmente, bases militares permanentes– y que dicho acuerdo debería también asegurar la posición de privilegio de los inversores de EE UU sobre los sistemas de energía. En 2008 Bush reiteró, y de hecho, reforzó, este aspecto en un mensaje al Congreso, en el que dijo que haría caso omiso de cualquier legislación que limitara la capacidad norteamericana para usar la fuerza en Irak o que interfiriera con el control norteamericano sobre el petróleo iraquí. Esto se declaró muy clara y explícitamente. En realidad, EE UU tuvo que dar marcha atrás en sus objetivos como consecuencia de la resistencia iraquí; pero los objetivos en sí mismos fueron claros y explícitos, y no tenían nada que ver con la seguridad de los norteamericanos. Esto mismo es cierto en cualquier otra parte. Un eminente especialista en Pakistán revisó recientemente las políticas norteamericanas en Pakistán y Afganistán, revelando una vez más que estas políticas están aumentando de manera significativa la amenaza del terror y hasta posiblemente del terror nuclear. Sus conclusiones fueron que los soldados norteamericanos y británicos están muriendo en Afganistán para hacer el mundo menos seguro para los norteamericanos y los británicos. Esto no es tan infrecuente. La seguridad no es, típicamente, una prioridad esencial de los Estados. Hay otros intereses.
P: ¿Hasta qué punto están influenciados los medios por los objetivos del Gobierno y de las empresas?
NC: Hay casos en los que tiene lugar una interferencia directa del Gobierno y de las empresas, pero no creo que ese sea el principal problema en lo tocante a la influencia del Gobierno y las empresas sobre los medios. Tomando a Estados Unidos como ejemplo, los medios son grandes corporaciones, o sea que no es una cuestión de influencia empresarial; son corporaciones que están estrechamente ligadas al Gobierno. Hay un flujo constante de gente entre las corporaciones y el Gobierno; las interacciones son muy estrechas. El entramado de selección de los contenidos sobre los que se debe informar, cómo se debe informar y demás está modelado de manera determinante por los intereses compartidos de las élites del mundo de los negocios, el Gobierno, etc. De hecho, en las universidades no es diferente, y puede verse día tras día. No hay más que fijarse en la zona de exclusión aérea en Libia. En Libia, la intervención –tanto si uno la aprueba como si no– la están llevando a cabo las tres potencias imperiales tradicionales: EE UU, Gran Bretaña y Francia. Hay una participación marginal de algunos otros países de la OTAN, pero los principales países rehúsan involucrarse, y muchos simplemente se oponen a ella. Los BRICS [grupo integrado por cinco países con gran territorio y población: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. N. del T.], por ejemplo, están en contra, y Turquía no quiere involucrarse. Pues bien, estos tres, este triunvirato imperial, dieron gran difusión en su propaganda a una petición de la Liga Árabe sobre una zona de exclusión aérea. La declaración de la Liga Árabe era bastante tibia, y así fue calificada poco después, pero había, de hecho, una llamada en pro de una zona de exclusión aérea. Al mismo tiempo, la Liga Árabe solicitó una zona de exclusión aérea sobre Gaza. En Estados Unidos, literalmente no se informó de eso. Aunque algunos periódicos pequeños puedan haber hablado de ello, no hubo ningún medio importante –ni el New York Times, ni el Washington Post, ninguno de los grandes– que informara de ello. En realidad, en toda la prensa angloamericana, la única mención apareció en el Financial Times. Bueno, se trataba de una zona de exclusión aérea sobre Gaza… algo que no se ajusta a los intereses norteamericanos y, en consecuencia, no era noticia. Al mismo tiempo, la zona de exclusión sobre Libia sí que se ajustaba a los intereses del triunvirato imperial, así que eso era una noticia importante. Y este es el estándar; ocurre a todas horas.
Uno de los ejemplos más impactantes que nos dice algo sobre la cultura intelectual generalizada tiene que ver con Wikileaks. La filtración que recibió, con diferencia, la mayor atención en términos de titulares y comentarios eufóricos fue que los árabes apoyaban la política norteamericana con respecto a Irán, la hostilidad hacia Irán. Eso estaba por todas partes y fue muy interesante, porque a lo que se refería en realidad era a los dictadores árabes. ¿Y qué hay de la opinión pública árabe? Bueno, eso también fue estudiado, y fue estudiado por las más prestigiosas instituciones de encuestas norteamericanas y publicado por instituciones tan prestigiosas como Brookings. ¡La prensa no informó sobre estos estudios! En Estados Unidos, literalmente no se informó. Creo que hubo un reportaje en Inglaterra. Estos estudios colocan a Egipto como el país más importante de la región, y en Egipto el 90% de la población considera a Estados Unidos como la amenaza más importante. El 80% cree que la región sería más segura si Irán tuviera armas nucleares. Solo un pequeño porcentaje, puede que un 10%, considera a Irán una amenaza. Esas cifras son bastante similares en toda la región. Pero para los políticos, eso no tiene importancia. Mientras los dictadores nos apoyen, ¿qué más da?
Esto nos lleva de vuelta a nuestra primera pregunta sobre la actitud hacia la democracia. La actitud es que la población no importa, mientras esté bajo control; y esto se puede comprobar. Este es, por cierto, un problema bastante viejo. Si tuviéramos una información seria sobre estos temas, no solo se informaría sobre la opinión pública árabe, sino también sobre el hecho de que la política de ignorar a la opinión pública árabe ha estado presente desde hace tiempo. En los años 50, el presidente Eisenhower estaba preocupado por lo que él llamaba la ‘campaña del odio’ en el mundo árabe; no por parte de los Gobiernos, sino de la gente. En el mismo año, el Consejo de Seguridad Nacional publicó un estudio que concluía que la percepción entre la gente del mundo árabe era que Estados Unidos apoya a las dictaduras brutales y violentas, bloqueando la democracia y el desarrollo, y lo hace para mantener el control sobre sus fuentes de energía. Acabó concluyendo que la percepción (de los objetivos en política exterior) era más o menos exacta, y que, mientras los dictadores nos apoyaran, ¿a quién le importa que haya una campaña de odio?, siempre y cuando podamos controlar a la población… Eso se ha mantenido como una política consistente, dramáticamente patente hoy día, y como puede verse por la reacción a estas filtraciones e informes con datos cruciales no publicados, se ha convertido en una actitud generalmente aceptada entre los sectores mejor formados.
P: ¿Cuál es la verdadera naturaleza de la subversión informativa que se aprecia en los gobiernos y las grandes corporaciones?
NC: Yo diría que, hasta ahora, hay miles de páginas con información detallada sobre este tema. Sin ir más lejos, miremos los temas que acabamos de mencionar. ¿Es importante para nosotros saber que la invasión de Irak se emprendió con la expectativa de que aumentaría el terrorismo?, ¿que se emprendió con la intención de asegurar que las corporaciones norteamericanas tuvieran acceso privilegiado al petróleo iraquí? ¿y que se convertiría en una base militar permanente de EE UU? Yo creo que habría sido importante para el público saber eso. Creo que sería importante para el público saber que la opinión pública árabe es tan hostil al poder occidental (en concreto, a EE UU) que considera a EE UU como la primera amenaza y cree que la región estaría mejor si Irán tuviera armas nucleares. ¿Es importante para la gente de Estados Unidos y Gran Bretaña saber eso? ¡Yo diría que sí! Y podríamos seguir con otros casos. Por ejemplo, ¿es importante para los norteamericanos saber que, si tuviéramos un sistema de salud similar al de otras sociedades industrializadas, el déficit se eliminaría y no tendríamos que ir contra las pensiones de los maestros o el pago de medicinas para los ancianos, etc? Sí; creo que sería importante saberlo. ¡De hecho, creo que eso debería ser un titular a toda plana!
Toda esta información puede obtenerse a poco que se investigue, pero ni siquiera se menciona a los ojos del público.
P: ¿Qué influencia ejercen las grandes corporaciones en la sociedad?
NC: Las corporaciones juegan un papel determinante en la sociedad. No creo que este hecho sea ni siquiera discutible. Adam Smith ya hacía apreciaciones similares hace tiempo, señalando que en Gran Bretaña los principales arquitectos de la política eran los comerciantes y los industriales, la gente que era dueña de la sociedad, y se aseguraban de que se sirviera a sus intereses sin importar el doloroso impacto para el pueblo de Inglaterra. Esto es mucho más cierto hoy día, con concentraciones de poder mucho mayores; ahora ya no somos solo industriales: tenemos instituciones financieras y corporaciones multinacionales. Tienen una enorme influencia, y esa influencia puede ser no solo dañina, sino letal en muchos casos.
Tomando como ejemplo a Estados Unidos, las corporaciones han estado realizando grandes campañas propagandísticas para convencer a la población de que el cambio climático no es una amenaza. Esto ha llevado, en efecto, a la mayoría de la gente a estar de acuerdo en que no es un problema real. El capital privado ha sido también el instrumento principal que ha llevado al Congreso a un nuevo grupo de notables, unas figuras que son, prácticamente todas, negacionistas del cambio climático. Estos individuos están a punto de aprobar una legislación que reduzca los fondos del organismo internacional (el IPCC) [Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, el comité de expertos auspiciado por la ONU para tratar este asunto. N del T.] y la capacidad de la Agencia de Protección Ambiental, que puede que ni siquiera sea capaz de monitorizar el efecto de los gases de efecto invernadero ni de llevar a cabo otras acciones que podrían reducir el impacto del calentamiento global, que es una amenaza muy seria. Esto lo han hecho los ejecutivos de las grandes empresas mediante campañas de propaganda y financiando a las figuras políticas que dinamitan esos esfuerzos. Ellos comprenden tan bien como cualquiera que el calentamiento global es una amenaza muy grave, pero aquí entra a jugar el rol institucional. Cuando eres el consejero delegado de una gran empresa, tu tarea es maximizar el beneficio a corto plazo. Eso es mucho más cierto ahora de lo que lo haya sido nunca antes. Estamos en una nueva fase del capitalismo de Estado en la que el futuro simplemente no importa demasiado; ni siquiera la supervivencia de la empresa importa demasiado. Lo que importa cada vez más es el beneficio a corto plazo, y si no es eso lo que persigue un consejero delegado, será reemplazado por otro que lo haga. Este es un efecto institucional, no personal, y tiene extraordinarias implicaciones en la sociedad. De hecho, podría destruir nuestra propia existencia.
P: ¿Hasta qué punto existe todavía un sistema de clases en las sociedades occidentales?
NC: Las clases dirigentes están librando constantemente una dura guerra de clases y son conscientes de ello. Si leemos la prensa de negocios, se lamentan del peligro al que se enfrentan los empresarios, del creciente poder político de las masas, de la necesidad de pelear en la interminable batalla por las mentes de la gente, etc. ¡Y actúan al respecto! Continuamente realizan grandes campañas que garanticen que la concentración de poder en manos del sector empresarial siga creciendo. En los últimos treinta años, más o menos, ha habido cambios en la naturaleza de la economía, que se ha desplazado desde el capitalismo hacia el capitalismo de Estado. Gran parte del dinamismo de una economía proviene del Estado; los ordenadores, Internet, la revolución tecnológica, etc. Las aplicaciones vienen del sector privado, pero no la investigación y el desarrollo. Eso sigue siendo cierto en todas las áreas. En los últimos treinta años ha habido un cambio significativo hacia la ‘financialización’ de la economía. Las instituciones financieras tienen ahora una cuota mucho mayor en los beneficios económicos de la que tenían hace cuarenta años. Se ha dado también otro desplazamiento hacia la externalización de la producción, que, en realidad, coloca a los trabajadores de todo el mundo en competición, con consecuencias obvias. Esos movimientos han puesto en movimiento un círculo vicioso en el que la riqueza esta cada vez más concentrada en una población extremadamente pequeña. En Estados Unidos, el primer factor de desigualdad es la concentración extrema de la riqueza en una fracción del 1% de la población, que incluye a consejeros delegados, directores de fondos de inversión, etc. Según aumenta esa concentración de la riqueza, lleva consigo una concentración de poder político, dado que la riqueza tiene un enorme efecto sobre el sistema político, y el poder político, a su vez, conduce a una legislación que refuerza la concentración de la riqueza. Políticas fiscales, desregulaciones, normas sobre los estatutos de las empresas, etc. Este ciclo existe en todo el mundo, pero en Estados Unidos es demoledor. Como muestra, en la última generación hemos visto repetidas crisis financieras que simplemente no se daban en los años 50 o en los 60, cuando las medidas de new-deal [programas económicos intervencionistas impulsados en los años 30 por Roosevelt para superar la Gran Depresión. N. del T.] todavía estaban vigentes y el sistema financiero estaba mucho más restringido. Las crisis cada vez mayores ya no son un problema para los grandes bancos y los grandes inversores porque pueden confiar en papá Estado para que los rescate. Si tuviéramos un sistema capitalista, las crisis financieras serían graves, pero sus consecuencias se saldarían únicamente con la bancarrota de los culpables, con lo que Goldman Sachs, JP Morgan Chase y Citigroup simplemente no existirían; ¡habrían entrado en bancarrota hace mucho tiempo! Pero como no estamos en un sistema capitalista, han sido rescatados de manera reiterada por el contribuyente. De hecho, se los ha considerado por parte de las políticas reguladoras gubernamentales como “demasiado grandes para caer”, y las agencias de calificación lo tienen en cuenta. Cuando establecen el nivel de riesgo de Goldman Sachs, tienen en cuenta que, si se embarcan en muchas transacciones de alto riesgo y, por tanto, consiguen un enorme beneficio que termina colapsando el sistema, habrá un rescate que hará subir la calificación de esas firmas, lo que significa que podrán obtener créditos más baratos, y así sucesivamente. Mientras tanto, para el grueso de la población de las últimas generaciones –es decir, para la abrumadora mayoría– los ingresos han descendido de manera muy notable, mientras que las horas de trabajo han aumentado y los beneficios se han reducido, lo que ha llevado a una población enfadada, frustrada y confusa que está mucho más distanciada de las decisiones políticas. Decisiones que están, en enorme proporción, en manos de una concentración de poder extremadamente pequeña; y los medios de comunicación colaboran en ello, ya que son esencialmente parte del sistema. Hay algunas voces críticas en la periferia –después de todo, esta es una sociedad libre– pero las fuerzas mayoritarias tienden a apoyar al sistema. Estas son tendencias muy antidemocráticas, y también bastante peligrosas.
Una mirada a los conflictos.
P: ¿Cuál es su visión de la ‘guerra global contra el terror’?
NC: El problema es que no existe. No se combate al terror con acciones que se sabe de antemano que aumentarán el terror. La invasión de Irak, de nuevo, se emprendió con la expectativa de que aumentaría el terrorismo, y de hecho lo hizo. Eso no es una guerra contra el terror. No debería haber una guerra contra el terror, sino esfuerzos para debilitar al terror. Los modos de hacer esto son bien conocidos y entendidos. Gran Bretaña es un ejemplo perfectamente válido. Tomemos, por ejemplo, el terrorismo del IRA, que era bastante serio. Mientras Gran Bretaña respondió usando la violencia, contribuyó a una escalada del ciclo del terror. Finalmente –en parte, por la influencia de Estados Unidos y en parte por la presión interna–, la respuesta fue prestar atención a las quejas legítimas que subyacían en las acciones terroristas. Y bien, eso condujo al declive del terror. Por ahora, Irlanda del Norte –aunque no es ninguna utopía– no es, desde luego, como era hace solo quince años. ¡Esa es la manera de abordar el terror! Observar sus raíces, su origen, y hacer algo al respecto.
Una mirada a la globalización y la sociedad
P: ¿Cuáles son sus visiones acerca de la globalización y el desplazamiento del poder económico hacia China y la India?
NC: Antes de nada, deberíamos ser cuidadosos al hablar de “desplazamiento del poder económico”. Es cierto, desde luego, que China y la India han tenido tasas de crecimiento muy significativas, pero se trata de países muy pobres. Echemos un vistazo a su renta per cápita, por ejemplo. Según las cifras del Banco Mundial (que están groseramente subestimadas) China tiene quizá el 5% de la renta per cápita de Estados Unidos, y la India en torno al 2%. Estas cifras deberían multiplicarse por dos o por tres, pero incluso así suponen una pequeña fracción de las occidentales. China ha crecido de manera espectacular, y ha habido un impacto bastante significativo en la reducción de la pobreza y demás. A pesar de todo, China sigue siendo, de momento, una planta de ensamblaje. Si echamos un vistazo al déficit comercial de Estados Unidos con China (algo de lo que se ha hablado mucho) y lo calculamos con exactitud, en términos de valor añadido, resulta que el déficit comercial con China está sobreestimado entre un 25 y un 30 por ciento. El déficit comercial con Japón, Taiwán y Corea del Sur está subestimado en la misma proporción. El motivo es que, dentro del dinámico sistema de producción de Asia del Este, los componentes de alta tecnología vienen de la periferia –de Japón, Corea del Sur y Taiwán– y China los monta. Con el tiempo, esto cambiará, a medida que China vaya escalando peldaños en la escalera tecnológica, pero en este momento es así. Esto es aún más claro en el caso de la India, que tiene cientos de millones de personas que están excluidas por completo del sistema. Los suicidios de campesinos aumentan aproximadamente en la misma proporción que la creación de millonarios. Un par de cientos de millones de personas han obtenido ganancias, mientras otras muchas no, y su situación ha ido empeorando. Existen, además, enormes problemas ecológicos que no son contabilizados como costes, aunque deberían serlo. Lo que está ocurriendo allí es bastante espectacular.
Se ha hablado mucho de que China posee una parte de la deuda de EE UU y de lo que eso implica, y todo eso. Japón posee aproximadamente la misma cantidad de deuda norteamericana, lo que no otorga a Japón ningún poder sobre Estados Unidos. Hay muchos comentarios engañosos sobre estos temas.
P: ¿Cómo cree que será el mundo dentro de 25 años?
NC: Bueno, están ocurriendo varias cosas. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos era abrumadoramente dominante; su poder ha ido declinando desde entonces, y continúa en declive en este momento. En parte, este declive tiene que ver con el crecimiento cada vez mayor de la producción asiática; no debemos exagerarlo, pero es ciertamente una de las razones. Otro factor es el ataque interno a la salud de la sociedad norteamericana; la ofensiva de las corporaciones que ha tenido lugar en la última generación ha debilitado seriamente a la sociedad norteamericana. Hay un ataque al sistema educativo que tendrá graves efectos a largo plazo sobre la economía; hay un ataque generalizado contra la clase trabajadora: el círculo vicioso que antes describí es beneficioso para un pequeño sector de la población, pero es dañino para todos los demás. Las infraestructuras están en un estado lamentable. ¡Cualquiera que viaje a Estados Unidos desde Europa o incluso desde Asia piensa a menudo que está llegando a un país del tercer mundo! Y esto va a peor. No supone un problema para el pequeño sector de ricos y poderosos que externalizan la producción y se dedican a la especulación financiera; para ellos, realmente no importa si el país está en declive. Pero está en declive, y sufre ataques internos. Estados Unidos tiene una crisis financiera –el problema del déficit y de la deuda– debida a dos motivos. Uno, un presupuesto militar enormemente abultado, que es aproximadamente el mismo que el del resto del mundo junto, y en segundo lugar, un sistema sanitario desregulado, privatizado y altamente deficiente. Esos dos elementos están siendo protegidos, y eso, junto con el círculo vicioso que he mencionado, conduce a graves problemas internos que harán que el declive continúe. Además, el problema medioambiental es muy serio. Si Estados Unidos no se pone en cabeza, el resto del mundo no va a hacer demasiado. Si Estados Unidos mina los esfuerzos para atajar los problemas ambientales –como está sucediendo ahora–, la cosa va a ser aún más grave, y eso es exactamente lo que tenemos enfrente de nosotros, por las razones institucionales que he mencionado. Dentro de treinta años, eso será mucho más importante.
Por desgracia, existe además una amenaza cada vez mayor de guerra nuclear e incluso de terrorismo nuclear. Es por eso por lo que antes mencioné la política de EE UU en Afganistán y Pakistán. Parte de esa política aumenta el riesgo de que materiales fisionables puedan caer en manos de islamistas radicales. Hay que decir que el islamismo radical ha sido fuertemente apoyado durante mucho tiempo por Estados Unidos y Gran Bretaña para combatir el nacionalismo secular. Estados Unidos también ha apoyado los programas nucleares de Pakistán, India e Israel, los tres no firmantes del Tratatado de No Proliferación. Todo eso supone una mezcla explosiva.
También va a haber cada vez más conflictos por los recursos. Los recursos se están exprimiendo hasta el límite, y con un crecimiento cada vez mayor, la competencia será dura, lo que conducirá a graves conflictos por los recursos y puede que a guerras de algún tipo. Puede que no se trate de guerras militares, pero algún tipo de conflicto. Si miramos, por ejemplo, a la reserva de energía más importante del mundo, en Oriente Medio, ¡en este momento esos recursos están yendo más al Este que a Occidente! Estados Unidos tolera esto de buen grado; quieren que el petróleo saudí vaya a China para socavar las iniciativas de China en Irán. Eso forma parte de la estrategia geopolítica norteamericana, pero provocará conflictos, y es también cierto para otros recursos como el hierro, el cobre, el litio, etc. Este es un problema grave y creciente, y da una predicción bastante sombría del futuro, a menos que haya cambios significativos.
Fuente: http://thoughteconomics.
EL SERVICIO SECRETO ESTADOUNIDENSE ABRE UNA CUENTA EN TWITTER EN BUSCA DE 'CIBERESPÍAS'
El Servicio Secreto de EE. UU. espera reclutar futuros espías a través de la red de microblogging Twitter, donde abrió una cuenta para promover sus misiones y ampliar su plantilla con usuarios cibernéticos.
La cuenta no liberará documentos ni publicará información que podría comprometer la seguridad nacional de Estados Unidos y será utilizada tanto para labores de reclutamiento, como para lanzar distintos comunicados de prensa.
Un comunicado de la organización especificó que este servicio será usado, entre otras cosas, para "distribuir información a las comunidades locales donde haya eventos nacionales de seguridad especial, además de informar sobre la historia del servicio secreto", ayudando a las empresas y a las personas que manifiestan interés por la agencia secreta.
Una de las primeras actividades promocionadas por la agencia se ubica en Puerto Rico, donde los ciudadanos están invitados a participar en la Expo Empleo 2011 en San Juan el próximo sábado 14 de mayo.
La aparición del Servicio Secreto de una manera tan abierta en Twitter ha levantado suspicacias entre los usuarios de la red por el temor de ser espiados. Varios seguidores de la nueva cuenta hicieron público su asombro preguntándose: "Si sigo a @SecretService, ¿significará que comenzará a espiarme?".
Aunque todavía no hay señales de que el servicio secreto vaya a dedicarse al espionaje a través de su cuenta oficial, la 'paranoia' internacional se desató en la víspera por las declaraciones del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, que dijo públicamente que las redes sociales, y en especial Facebook, son las principales herramientas de las agencias de inteligencia estadounidenses para espiar a la ciudadanía.
Articulo completo en: http://actualidad.rt.com/ciencia_y_tecnica/internet_redes/issue_24140.html
Articulo completo en: http://actualidad.rt.com/ciencia_y_tecnica/internet_redes/issue_24140.html
miércoles, 11 de mayo de 2011
Grecia paralizada por huelga general contra recortes
Atenas, 11 may (PL) Miles de trabajadores se manifestaron pacíficamente por las calles de esta capital en apoyo a la jornada de huelga general que paralizó hoy el transporte, la educación, la sanidad y la administración pública.
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El paro general, el segundo de este año, fue convocado por la Confederación de Trabajadores de Grecia y el Sindicato de Funcionarios Civiles para protestar contra otro plan de austeridad con el que el Gobierno quiere recaudar 76 mil millones de euros hasta 2015.
Los manifestantes corearon consignas contrarias de la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional, al marchar por las vías principales de Atenas que mantuvo los comercios cerrados.
Pese a la línea pacífica de la medida de fuerza, en el centro capitalino la policía lanzó gases lacrimógenos para dispersar a varias decenas de inconformes congregados frente a los edificios gubernamentales.
La huelga obligó a cancelar más de 100 vuelos y a modificar decenas de ellos por el paro de cuatro horas de los controladores aéreos.
Los barcos de pasajeros y cruceros no pudieron zarpar hacia Italia y las islas turísticas del Peloponeso, por la participación en las protestas de los trabajadores de los puertos.
El transporte público urbano en Atenas funcionó para permitir la llegada de manifestantes al centro de la capital. Mientras que los colegios no abrieron y los hospitales públicos solo atendieron casos de emergencia.
Los periodistas griegos también se sumaron para protestar contra los despidos en el sector, la reducción de salarios y el cierre de medios de comunicación.
La actual jornada de huelga ocurre en medio del debate de la UE sobre la posibilidad de aplicar un nuevo paquete de rescate para la nación helénica, tras el aprobado hace un año de 110 mil millones de euros.
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El paro general, el segundo de este año, fue convocado por la Confederación de Trabajadores de Grecia y el Sindicato de Funcionarios Civiles para protestar contra otro plan de austeridad con el que el Gobierno quiere recaudar 76 mil millones de euros hasta 2015.
Los manifestantes corearon consignas contrarias de la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional, al marchar por las vías principales de Atenas que mantuvo los comercios cerrados.
Pese a la línea pacífica de la medida de fuerza, en el centro capitalino la policía lanzó gases lacrimógenos para dispersar a varias decenas de inconformes congregados frente a los edificios gubernamentales.
La huelga obligó a cancelar más de 100 vuelos y a modificar decenas de ellos por el paro de cuatro horas de los controladores aéreos.
Los barcos de pasajeros y cruceros no pudieron zarpar hacia Italia y las islas turísticas del Peloponeso, por la participación en las protestas de los trabajadores de los puertos.
El transporte público urbano en Atenas funcionó para permitir la llegada de manifestantes al centro de la capital. Mientras que los colegios no abrieron y los hospitales públicos solo atendieron casos de emergencia.
Los periodistas griegos también se sumaron para protestar contra los despidos en el sector, la reducción de salarios y el cierre de medios de comunicación.
La actual jornada de huelga ocurre en medio del debate de la UE sobre la posibilidad de aplicar un nuevo paquete de rescate para la nación helénica, tras el aprobado hace un año de 110 mil millones de euros.
Cómo creó Goldman Sachs la crisis alimentaria
No culpe del alza de los precios de los alimentos al apetito de los estadounidenses, a los crecientes precios del petróleo o a los cultivos modificados genéticamente. Wall Street tiene la culpa de los precios, que crecen en espiral, de los alimentos.
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Sin duda la oferta y la demanda son importantes. Pero hay otra razón por la que los alimentos se han vuelto tan caros en todo el mundo: la codicia de Wall Street.
Fueron las mentes brillantes del Grupo Goldman Sachs las que comprendieron la simple verdad de que no hay nada más valioso que el pan nuestro de cada día. Y donde hay valor, hay dinero para ganar. En 1991, los banqueros de Goldman, liderados por su clarividente presidente Gary Cohn, crearon un nuevo tipo de productos de inversión, los derivados (1) que rastrearon 24 materias primas, desde metales preciosos y energía al café, el cacao, el ganado, el grano, los cerdos, la soja y el trigo. Luego ponderaron el valor de la inversión de cada producto, mezclando y combinando las partes en el cálculo y posteriormente redujeron lo que había sido una complicada recopilación de bienes reales a una fórmula matemática que podía expresarse en un único enunciado, conocido en adelante como el Índice de Materias Primas de Goldman Sachs (GSCI).
Sólo durante un decenio el GSCI se mantuvo como un instrumento de inversiones relativamente estático, ya que los banqueros estaban más interesados en lo riesgoso y en las Obligaciones de Deuda Garantizadas (CDO) que en algo que, literalmente, podían sembrar o cosechar. Luego, en 1999, la Comisión de Comercio de Materias Primas y Futuros desreguló el mercado de futuros. Y súbitamente los banqueros pudieron tomar a su gusto “posiciones largas” (2) en el mercado de granos, una posibilidad que, desde la Gran Depresión, estuvo reservada sólo para los que tuvieran algo que ver con la producción de nuestros alimentos.
Así llegó el cambio a las grandes bolsas de granos de Chicago, Minneapolis y Kansas City que, durante 150 años, habían ayudado a moderar las alzas y las bajas en los precios globales de los alimentos. Porque la agricultura puede parecer bucólica, pero es una actividad intrínsecamente volátil, sometida a las vicisitudes del clima, las enfermedades y los desastres. El sistema de “comercio de granos a futuro”, promovido después de la guerra civil estadounidense por los fundadores de Archer Daniels Midland, el general Mills y Pillsbury, ayudó a situar a Estados Unidos como un gigante financiero para rivalizar con Europa y finalmente superarla. Las bolsas de granos también protegieron a los agricultores y molineros estadounidenses de los riesgos inherentes a su actividad. La idea básica era “el contrato a término”, es decir un acuerdo entre vendedores y compradores de trigo para fijar el precio razonable de una fanega, aún antes de que dicha fanega se cultivase. Esto no sólo ayudó a que el “precio futuro” del grano mantuviera estable el precio de la barra de pan en la panadería –y después en el supermercado- sino que además los mercados financieros a futuro permitían a los agricultores protegerse de los períodos de vacas flacas e invertir dinero en sus granjas y negocios. El resultado de esto fue que durante el siglo XX el precio real del trigo disminuyó (a pesar de uno o dos pequeños sobresaltos, en particular durante la espiral inflacionaria de los años 70), estimulando el desarrollo de la agroindustria estadounidense. Y después de la segunda Guerra Mundial los Estados Unidos produjeron rutinariamente un exceso de granos que se convirtió en un elemento esencial de sus estrategias políticas, económicas y humanitarias durante la Guerra Fría, para no mencionar el hecho de que el grano estadounidense alimentó a millones de personas hambrientas de todo el mundo.
Los mercados de futuros, tradicionalmente, incluían a dos clases de participantes: Por un lado estaban los agricultores, los molineros y los almaceneros, es decir los integrantes del mercado que tienen un interés verdadero, físico, en el trigo. Este grupo no sólo comprendía a los cultivadores de maíz en Iowa o a los agricultores de trigo en Nebraska, sino también a las principales corporaciones multinacionales como Pizza Hut, Kraft, Nestlé, Sara Lee, Tyson Foods y McDonald's, cuyas acciones en la Bolsa de Nueva York subían y bajaban en función de su capacidad para llevar alimentos a precios competitivos a las ventanillas de los autos, a las puertas de las casas y a las estanterías de los supermercados. Estos participantes en el mercado se denominan “hedgers (3) de buena fe” porque realmente necesitan comprar y vender cereales.
Del otro lado estaban los especuladores. El especulador no produce ni consume el grano, la soja o el trigo, y no tendría un lugar para depositar las 20 toneladas de cereal que podría comprar en cualquier momento, si alguna vez se las entregasen. Los especuladores ganan dinero por medio de un comportamiento tradicional de las bolsas, por el “arbitraje” (4) de comprar barato y vender caro. Y, por regla general, los que estaban materialmente interesados en los “mercados de futuros de granos” dieron la bienvenida a sus bolsas a esos especuladores tradicionales los cuales, con su interminable flujo de órdenes de compra proporcionaban liquidez al mercado y facilitaban a los “hedgers” auténticos una manera de manejar los riesgos, permitiéndoles vender y comprar a su gusto.
Pero el índice de Goldman pervirtió la simetría de este sistema. La estructura del GSCI no hizo caso del antiguo modelo de comprar-vender/vender-comprar. Este novedoso producto derivado implica sólo “posiciones largas”, lo que significa que se diseñó para comprar materias primas y sólo para comprarlas. En el fondo de esta estrategia de “posiciones largas” se advierte la intención de transformar una inversión en materias primas (antes un ámbito especializado) en algo muy parecido a una inversión en acciones, la clase de activo en el que cualquiera podría depositar su dinero y dejarlo acumularse durante décadas (del tipo de General Electric o Apple). Una vez que el Mercado de Materias Primas se había transformado para parecerse a la Bolsa, los banqueros podían esperar la nueva afluencia de dinero en efectivo. Pero la estrategia de “posiciones largas únicamente” tenía un defecto, al menos para aquellos de nosotros que comemos. El GSCI no incluía un mecanismo para vender una materia prima, es decir, una “posición corta" (5).
Este desequilibrio socavó la estructura esencial de los mercados de materias primas, exigiendo a los banqueros comprar y seguir comprando, sin importar el precio. Y cada vez que se aproxima el vencimiento de una “posición únicamente larga” en un contrato de futuros del índice de materias primas, los banqueros se verán obligados a “desplazar” sus miles de millones de dólares en órdenes de compra pendientes hacia el siguiente contrato de futuros, dos o tres meses hacia adelante. Y como el impacto deflacionario de las “posiciones cortas” simplemente no forma parte del GSCI, los comerciantes profesionales de grano pudieron forrarse anticipando las fluctuaciones del mercado que estos “desplazamientos” causarían inevitablemente. “Me gano la vida con dinero tonto” (6) dijo a Businesseeek el corredor de bolsa en materias primas Emil van Essen el año pasado.
Los corredores de bolsa de materias primas empleados por los bancos que habían creado los fondos de Inversión en Materias Primas, fueron los primeros en subirse a la oleada de ganancias.
Los banqueros reconocieron un buen sistema en cuanto lo vieron, y docenas de “hedgers” especulativos sobre bienes no reales siguieron el ejemplo de Goldman uniéndose al juego de los índices de materias primas. Esto incluía al Barclays, Deutsche Bank, Pimco, JP Morgan Chase, AIG, Bear Stearns y Lehman Brothers, por nombrar sólo a algunos proveedores de Fondos de Inversión en Materias Primas. De tal manera, el escenario ya estaba dispuesto para la inflación alimentaria que tarde o temprano tomaría por sorpresa a las molineras más grandes, a las plantas de procesamiento y las corporaciones de venta minorista en los Estados Unidos y desparramaría ondas sísmicas por todo el mundo.
El dinero nos cuenta lo que ha sucedido. Desde la explosión de la burbuja tecnológica en el año 2000, se ha incrementado 50 veces la cantidad de dólares invertidos en los Fondos de Inversión en Materias Primas. Para plantear el fenómeno en su verdadera dimensión, en 2003 el mercado de futuros de materias primas estaba en el orden de unos tranquilos 13.000 millones de dólares. Pero cuando a principios de 2008 la crisis global financiera puso a correr a los inversionistas nerviosos, que desconfiaban del dólar, de la libra y de los euros, las materias primas -incluyendo los alimentos- parecieron el último y mejor refugio para depositar el dinero en efectivo de los fondos de cobertura, de los fondos de pensiones y de los fondos soberanos de inversión. “De repente aparecieron personas sin ninguna idea de lo que eran las materias primas que compraban materias primas”, me dijo un analista del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos. En los primeros 55 días de 2008, los especuladores volcaron 55.000 millones de dólares en los mercados de materias primas y hacia julio, 318.000 millones de dólares agitaban los mercados. La inflación alimentaria ha permanecido estable desde entonces.
El dinero fluía y los banqueros estaban listos con el nuevo y deslumbrante casino de los derivados de alimentos. Encabezados por los precios del petróleo y del gas (las materias primas dominantes en el índice de esos fondos de inversión) los nuevos productos inflamaron los mercados de todas las demás materias primas incluidas en el índice y condujeron a un problema familiar para los que conocían la historia de los tulipanes, de los puntocoms y de los bienes inmuebles baratos. Es decir, que condujeron a una burbuja alimentaria. El trigo duro de primavera que, por lo general, se negociaba entre los 4 y los 6 dólares el bushel de 60 libras, rompió todos los récords anteriores y los contratos de futuros subieron hasta superar los 25 dólares. Y así, desde 2005 hasta 2008, los precios mundiales de los alimentos subieron un 80% y siguen subiendo. “No tiene precedentes la cantidad de capital de inversión que hemos visto en los mercados de materias primas, me dijo Kendell Keith, Presidente de la Asociación Nacional de Granos y Alimentos. “No hay duda de que hubo especulación”. Y en una nota informativa publicada recientemente Olivier De Schutter, Relator Especial de las Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, concluía que en 2008 “una parte significativa del aumento de los precios se debe a una burbuja especulativa”.
¿Que ha estado sucediendo en los mercados de granos que no fuera el resultado “de la especulación” en el sentido tradicional de comprar barato y vender caro? Hoy el índice acumulativo Standard & Poors GSCI proporciona 219 índices distintos en las "teleimpresoras" y los inversionistas pueden arrancar sus “terminales Bloomberg” y apostar por cualquier materia prima, desde el paladio al aceite de soja, de los biocarburantes al pienso para ganado. Pero el auge de nuevas oportunidades especulativas en los granos a nivel global, en el aceite alimentario y en los mercados de ganadería ha creado un círculo vicioso. Cuanto más aumenta el precio de las materias primas de alimentos, más dinero se invierte en ese sector y los ya elevados precios siguen subiendo. De hecho, desde 2003 hasta 2008, el volumen de especulación de “index funds” (7) aumentó el 1.900%. “Lo que experimentamos fue un choque de demanda originado en una nueva categoría de participantes en los mercados de futuros de materias primas”, declaró ante el Congreso Michael Masters, miembro de un Fondo de Cobertura, en medio de la crisis alimentaria de 2008.
El resultado de la incursión de Wall Street en los granos, en los alimentos y en la ganadería ha sido un shock para la producción global de alimentos y el sistema de distribución. No sólo hace que la provisión mundial de alimentos tenga que luchar contra un suministro restringido y un incremento de la demanda de granos de verdad, sino que además los bancos de inversión han planteado un alza artificial de los precios de los granos a futuro. El resultado: El trigo “virtual” domina el precio del trigo “real” ya que los especuladores (usualmente un quinto del mercado) ahora superan en cuatro a uno a los hedgers auténticos.
En la actualidad los banqueros y los corredores de bolsa se sientan en la parte superior de la cadena alimentaria –son los carnívoros del sistema que devoran a todo el mundo y a todo lo que esté debajo de ellos-. Cerca de la parte inferior, el agricultor trabaja duro. Para él la subida del precio del grano debería haber sido un golpe de suerte, pero la especulación también ha creado alzas en todo lo que el agricultor tiene que comprar para hacer crecer su grano -desde las semillas hasta los fertilizantes y el combustible diesel-. Y, en el fondo de todo, se encuentra el consumidor.
El estadounidense promedio, que gasta aproximadamente del 8 al 12% de su salario semanal en alimentos no siente inmediatamente la crisis del aumento de los precios. Pero para los casi 2.000 millones de personas en todo el mundo que gastan más del 50 por ciento de sus ingresos en alimentos, los efectos han sido abrumadores: 250 millones de personas se unieron a las filas de los hambrientos en 2008, con lo que el total mundial de víctimas de la inseguridad alimentaria ha llegado a un máximo mil millones, un número nunca visto.
¿Cuál es la solución? La última vez que visité la Bolsa de Granos de Minneapolis, pregunté a un puñado de corredores de trigo qué sucedería si el gobierno de EE.UU. simplemente prohibiera a los bancos de inversión las posiciones “únicamente largas” en los productos alimenticios. Su reacción fue reírse. Unas llamadas telefónicas a unos aseguradores de riesgos auténticos como Cargill y Archer Daniels Midland y, después de un intercambio secreto de activos, la participación de un banco en el mercado de futuros es indistinguible de la de un comprador internacional del trigo. ¿Qué pasa si el gobierno prohíbe todos los productos derivados con posición únicamente largas?, les pregunté. Una vez más, risas. El problema se resuelve con otra llamada telefónica, esta vez a una oficina comercial en Londres o en Hong Kong, ya que los nuevos mercados de derivados de alimentos han alcanzado proporciones supranacionales, más allá del alcance de la ley soberana.
La volatilidad de los mercados de alimentos también ha desperdiciado la que podría haber sido una gran oportunidad de cooperación global. Cuanto más alto fuera el precio del maíz, de la soja, del arroz y del trigo, mayor debería ser la cooperación de las naciones que producen granos en el mundo para asegurar que las naciones asustadas (y generalmente más pobres) que deben importar granos no sufran el contagio cada vez más dramático de la inflación alimentaria y de la agitación política. En cambio los países, nerviosos, han respondido más bien con políticas de “yo primero”, de la prohibición de exportar al acaparamiento de cereales y la neo-mercantilista apropiación de tierras en África. Y los esfuerzos de los activistas preocupados o de las agencias internacionales para contener la especulación de granos no han servido para nada. Constantemente los fondos indexados de materias primas siguen prosperando, los banqueros se embolsas las ganancias y los pobres del mundo se tambalean al borde del hambre.
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Sin duda la oferta y la demanda son importantes. Pero hay otra razón por la que los alimentos se han vuelto tan caros en todo el mundo: la codicia de Wall Street.
Fueron las mentes brillantes del Grupo Goldman Sachs las que comprendieron la simple verdad de que no hay nada más valioso que el pan nuestro de cada día. Y donde hay valor, hay dinero para ganar. En 1991, los banqueros de Goldman, liderados por su clarividente presidente Gary Cohn, crearon un nuevo tipo de productos de inversión, los derivados (1) que rastrearon 24 materias primas, desde metales preciosos y energía al café, el cacao, el ganado, el grano, los cerdos, la soja y el trigo. Luego ponderaron el valor de la inversión de cada producto, mezclando y combinando las partes en el cálculo y posteriormente redujeron lo que había sido una complicada recopilación de bienes reales a una fórmula matemática que podía expresarse en un único enunciado, conocido en adelante como el Índice de Materias Primas de Goldman Sachs (GSCI).
Sólo durante un decenio el GSCI se mantuvo como un instrumento de inversiones relativamente estático, ya que los banqueros estaban más interesados en lo riesgoso y en las Obligaciones de Deuda Garantizadas (CDO) que en algo que, literalmente, podían sembrar o cosechar. Luego, en 1999, la Comisión de Comercio de Materias Primas y Futuros desreguló el mercado de futuros. Y súbitamente los banqueros pudieron tomar a su gusto “posiciones largas” (2) en el mercado de granos, una posibilidad que, desde la Gran Depresión, estuvo reservada sólo para los que tuvieran algo que ver con la producción de nuestros alimentos.
Así llegó el cambio a las grandes bolsas de granos de Chicago, Minneapolis y Kansas City que, durante 150 años, habían ayudado a moderar las alzas y las bajas en los precios globales de los alimentos. Porque la agricultura puede parecer bucólica, pero es una actividad intrínsecamente volátil, sometida a las vicisitudes del clima, las enfermedades y los desastres. El sistema de “comercio de granos a futuro”, promovido después de la guerra civil estadounidense por los fundadores de Archer Daniels Midland, el general Mills y Pillsbury, ayudó a situar a Estados Unidos como un gigante financiero para rivalizar con Europa y finalmente superarla. Las bolsas de granos también protegieron a los agricultores y molineros estadounidenses de los riesgos inherentes a su actividad. La idea básica era “el contrato a término”, es decir un acuerdo entre vendedores y compradores de trigo para fijar el precio razonable de una fanega, aún antes de que dicha fanega se cultivase. Esto no sólo ayudó a que el “precio futuro” del grano mantuviera estable el precio de la barra de pan en la panadería –y después en el supermercado- sino que además los mercados financieros a futuro permitían a los agricultores protegerse de los períodos de vacas flacas e invertir dinero en sus granjas y negocios. El resultado de esto fue que durante el siglo XX el precio real del trigo disminuyó (a pesar de uno o dos pequeños sobresaltos, en particular durante la espiral inflacionaria de los años 70), estimulando el desarrollo de la agroindustria estadounidense. Y después de la segunda Guerra Mundial los Estados Unidos produjeron rutinariamente un exceso de granos que se convirtió en un elemento esencial de sus estrategias políticas, económicas y humanitarias durante la Guerra Fría, para no mencionar el hecho de que el grano estadounidense alimentó a millones de personas hambrientas de todo el mundo.
Los mercados de futuros, tradicionalmente, incluían a dos clases de participantes: Por un lado estaban los agricultores, los molineros y los almaceneros, es decir los integrantes del mercado que tienen un interés verdadero, físico, en el trigo. Este grupo no sólo comprendía a los cultivadores de maíz en Iowa o a los agricultores de trigo en Nebraska, sino también a las principales corporaciones multinacionales como Pizza Hut, Kraft, Nestlé, Sara Lee, Tyson Foods y McDonald's, cuyas acciones en la Bolsa de Nueva York subían y bajaban en función de su capacidad para llevar alimentos a precios competitivos a las ventanillas de los autos, a las puertas de las casas y a las estanterías de los supermercados. Estos participantes en el mercado se denominan “hedgers (3) de buena fe” porque realmente necesitan comprar y vender cereales.
Del otro lado estaban los especuladores. El especulador no produce ni consume el grano, la soja o el trigo, y no tendría un lugar para depositar las 20 toneladas de cereal que podría comprar en cualquier momento, si alguna vez se las entregasen. Los especuladores ganan dinero por medio de un comportamiento tradicional de las bolsas, por el “arbitraje” (4) de comprar barato y vender caro. Y, por regla general, los que estaban materialmente interesados en los “mercados de futuros de granos” dieron la bienvenida a sus bolsas a esos especuladores tradicionales los cuales, con su interminable flujo de órdenes de compra proporcionaban liquidez al mercado y facilitaban a los “hedgers” auténticos una manera de manejar los riesgos, permitiéndoles vender y comprar a su gusto.
Pero el índice de Goldman pervirtió la simetría de este sistema. La estructura del GSCI no hizo caso del antiguo modelo de comprar-vender/vender-comprar. Este novedoso producto derivado implica sólo “posiciones largas”, lo que significa que se diseñó para comprar materias primas y sólo para comprarlas. En el fondo de esta estrategia de “posiciones largas” se advierte la intención de transformar una inversión en materias primas (antes un ámbito especializado) en algo muy parecido a una inversión en acciones, la clase de activo en el que cualquiera podría depositar su dinero y dejarlo acumularse durante décadas (del tipo de General Electric o Apple). Una vez que el Mercado de Materias Primas se había transformado para parecerse a la Bolsa, los banqueros podían esperar la nueva afluencia de dinero en efectivo. Pero la estrategia de “posiciones largas únicamente” tenía un defecto, al menos para aquellos de nosotros que comemos. El GSCI no incluía un mecanismo para vender una materia prima, es decir, una “posición corta" (5).
Este desequilibrio socavó la estructura esencial de los mercados de materias primas, exigiendo a los banqueros comprar y seguir comprando, sin importar el precio. Y cada vez que se aproxima el vencimiento de una “posición únicamente larga” en un contrato de futuros del índice de materias primas, los banqueros se verán obligados a “desplazar” sus miles de millones de dólares en órdenes de compra pendientes hacia el siguiente contrato de futuros, dos o tres meses hacia adelante. Y como el impacto deflacionario de las “posiciones cortas” simplemente no forma parte del GSCI, los comerciantes profesionales de grano pudieron forrarse anticipando las fluctuaciones del mercado que estos “desplazamientos” causarían inevitablemente. “Me gano la vida con dinero tonto” (6) dijo a Businesseeek el corredor de bolsa en materias primas Emil van Essen el año pasado.
Los corredores de bolsa de materias primas empleados por los bancos que habían creado los fondos de Inversión en Materias Primas, fueron los primeros en subirse a la oleada de ganancias.
Los banqueros reconocieron un buen sistema en cuanto lo vieron, y docenas de “hedgers” especulativos sobre bienes no reales siguieron el ejemplo de Goldman uniéndose al juego de los índices de materias primas. Esto incluía al Barclays, Deutsche Bank, Pimco, JP Morgan Chase, AIG, Bear Stearns y Lehman Brothers, por nombrar sólo a algunos proveedores de Fondos de Inversión en Materias Primas. De tal manera, el escenario ya estaba dispuesto para la inflación alimentaria que tarde o temprano tomaría por sorpresa a las molineras más grandes, a las plantas de procesamiento y las corporaciones de venta minorista en los Estados Unidos y desparramaría ondas sísmicas por todo el mundo.
El dinero nos cuenta lo que ha sucedido. Desde la explosión de la burbuja tecnológica en el año 2000, se ha incrementado 50 veces la cantidad de dólares invertidos en los Fondos de Inversión en Materias Primas. Para plantear el fenómeno en su verdadera dimensión, en 2003 el mercado de futuros de materias primas estaba en el orden de unos tranquilos 13.000 millones de dólares. Pero cuando a principios de 2008 la crisis global financiera puso a correr a los inversionistas nerviosos, que desconfiaban del dólar, de la libra y de los euros, las materias primas -incluyendo los alimentos- parecieron el último y mejor refugio para depositar el dinero en efectivo de los fondos de cobertura, de los fondos de pensiones y de los fondos soberanos de inversión. “De repente aparecieron personas sin ninguna idea de lo que eran las materias primas que compraban materias primas”, me dijo un analista del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos. En los primeros 55 días de 2008, los especuladores volcaron 55.000 millones de dólares en los mercados de materias primas y hacia julio, 318.000 millones de dólares agitaban los mercados. La inflación alimentaria ha permanecido estable desde entonces.
El dinero fluía y los banqueros estaban listos con el nuevo y deslumbrante casino de los derivados de alimentos. Encabezados por los precios del petróleo y del gas (las materias primas dominantes en el índice de esos fondos de inversión) los nuevos productos inflamaron los mercados de todas las demás materias primas incluidas en el índice y condujeron a un problema familiar para los que conocían la historia de los tulipanes, de los puntocoms y de los bienes inmuebles baratos. Es decir, que condujeron a una burbuja alimentaria. El trigo duro de primavera que, por lo general, se negociaba entre los 4 y los 6 dólares el bushel de 60 libras, rompió todos los récords anteriores y los contratos de futuros subieron hasta superar los 25 dólares. Y así, desde 2005 hasta 2008, los precios mundiales de los alimentos subieron un 80% y siguen subiendo. “No tiene precedentes la cantidad de capital de inversión que hemos visto en los mercados de materias primas, me dijo Kendell Keith, Presidente de la Asociación Nacional de Granos y Alimentos. “No hay duda de que hubo especulación”. Y en una nota informativa publicada recientemente Olivier De Schutter, Relator Especial de las Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, concluía que en 2008 “una parte significativa del aumento de los precios se debe a una burbuja especulativa”.
¿Que ha estado sucediendo en los mercados de granos que no fuera el resultado “de la especulación” en el sentido tradicional de comprar barato y vender caro? Hoy el índice acumulativo Standard & Poors GSCI proporciona 219 índices distintos en las "teleimpresoras" y los inversionistas pueden arrancar sus “terminales Bloomberg” y apostar por cualquier materia prima, desde el paladio al aceite de soja, de los biocarburantes al pienso para ganado. Pero el auge de nuevas oportunidades especulativas en los granos a nivel global, en el aceite alimentario y en los mercados de ganadería ha creado un círculo vicioso. Cuanto más aumenta el precio de las materias primas de alimentos, más dinero se invierte en ese sector y los ya elevados precios siguen subiendo. De hecho, desde 2003 hasta 2008, el volumen de especulación de “index funds” (7) aumentó el 1.900%. “Lo que experimentamos fue un choque de demanda originado en una nueva categoría de participantes en los mercados de futuros de materias primas”, declaró ante el Congreso Michael Masters, miembro de un Fondo de Cobertura, en medio de la crisis alimentaria de 2008.
El resultado de la incursión de Wall Street en los granos, en los alimentos y en la ganadería ha sido un shock para la producción global de alimentos y el sistema de distribución. No sólo hace que la provisión mundial de alimentos tenga que luchar contra un suministro restringido y un incremento de la demanda de granos de verdad, sino que además los bancos de inversión han planteado un alza artificial de los precios de los granos a futuro. El resultado: El trigo “virtual” domina el precio del trigo “real” ya que los especuladores (usualmente un quinto del mercado) ahora superan en cuatro a uno a los hedgers auténticos.
En la actualidad los banqueros y los corredores de bolsa se sientan en la parte superior de la cadena alimentaria –son los carnívoros del sistema que devoran a todo el mundo y a todo lo que esté debajo de ellos-. Cerca de la parte inferior, el agricultor trabaja duro. Para él la subida del precio del grano debería haber sido un golpe de suerte, pero la especulación también ha creado alzas en todo lo que el agricultor tiene que comprar para hacer crecer su grano -desde las semillas hasta los fertilizantes y el combustible diesel-. Y, en el fondo de todo, se encuentra el consumidor.
El estadounidense promedio, que gasta aproximadamente del 8 al 12% de su salario semanal en alimentos no siente inmediatamente la crisis del aumento de los precios. Pero para los casi 2.000 millones de personas en todo el mundo que gastan más del 50 por ciento de sus ingresos en alimentos, los efectos han sido abrumadores: 250 millones de personas se unieron a las filas de los hambrientos en 2008, con lo que el total mundial de víctimas de la inseguridad alimentaria ha llegado a un máximo mil millones, un número nunca visto.
¿Cuál es la solución? La última vez que visité la Bolsa de Granos de Minneapolis, pregunté a un puñado de corredores de trigo qué sucedería si el gobierno de EE.UU. simplemente prohibiera a los bancos de inversión las posiciones “únicamente largas” en los productos alimenticios. Su reacción fue reírse. Unas llamadas telefónicas a unos aseguradores de riesgos auténticos como Cargill y Archer Daniels Midland y, después de un intercambio secreto de activos, la participación de un banco en el mercado de futuros es indistinguible de la de un comprador internacional del trigo. ¿Qué pasa si el gobierno prohíbe todos los productos derivados con posición únicamente largas?, les pregunté. Una vez más, risas. El problema se resuelve con otra llamada telefónica, esta vez a una oficina comercial en Londres o en Hong Kong, ya que los nuevos mercados de derivados de alimentos han alcanzado proporciones supranacionales, más allá del alcance de la ley soberana.
La volatilidad de los mercados de alimentos también ha desperdiciado la que podría haber sido una gran oportunidad de cooperación global. Cuanto más alto fuera el precio del maíz, de la soja, del arroz y del trigo, mayor debería ser la cooperación de las naciones que producen granos en el mundo para asegurar que las naciones asustadas (y generalmente más pobres) que deben importar granos no sufran el contagio cada vez más dramático de la inflación alimentaria y de la agitación política. En cambio los países, nerviosos, han respondido más bien con políticas de “yo primero”, de la prohibición de exportar al acaparamiento de cereales y la neo-mercantilista apropiación de tierras en África. Y los esfuerzos de los activistas preocupados o de las agencias internacionales para contener la especulación de granos no han servido para nada. Constantemente los fondos indexados de materias primas siguen prosperando, los banqueros se embolsas las ganancias y los pobres del mundo se tambalean al borde del hambre.
El capitalismo global y el fascismo del Siglo XXI
La crisis del capitalismo global no tiene precedentes por su magnitud, su alcance global, la extensión de la degradación ecológica y el deterioro social y la magnitud de los medios de violencia. Enfrentamos verdaderamente una crisis de la humanidad. Nunca han sido mayores los riesgos; nuestra propia supervivencia está en peligro. Hemos entrado en un período de grandes convulsiones e incertidumbres, de cambios trascendentales, llenos de peligros –aunque también de oportunidades.
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Quiero hablar en esta ocasión de la crisis del capitalismo global y de la noción de reacciones políticas respecto a la crisis, concentrándome en la reacción de la extrema derecha y en el peligro al que me refiero como fascismo del Siglo XXI, en particular en EE.UU. El hecho de enfrentarse a la crisis exige un análisis del sistema capitalismo, que ha pasado por una reestructuración y una transformación en las últimas décadas. El momento actual involucra una fase cualitativamente nueva transnacional o global del capitalismo mundial que se puede rastrear hasta los años setenta y que se caracteriza por el aumento de capital verdaderamente transnacional y por una clase capitalista transnacional o CCT. El capital transnacional ha logrado liberarse de las restricciones de la nación Estado de la época anterior, y con ello, a cambiar fuertemente a su favor la correlación de las fuerzas de clase y sociales en todo el mundo –y a menoscabar la fuerza de los movimientos populares y de la clase trabajadora en todo el mundo, después de las rebeliones globales de los años sesenta y setenta.
El capital transnacional emergente vivió una gran expansión en los años ochenta y noventa, implicando una hiperacumulación mediante nuevas tecnologías como ordenadores y la informática, mediante políticas neoliberales y nuevas modalidades de movilización y explotación de la fuerza laboral global –incluyendo una vuelta masiva de acumulación primitiva, desarraigo y desplazamiento de cientos de millones de personas, especialmente del Tercer Mundo, que se han convertido en emigrantes internos y transnacionales.
Enfrentamos un sistema que ahora está mucho más integrado, y a grupos dominantes que han acumulado una cantidad extraordinaria de poder y control transnacional sobre recursos e instituciones globales.
La acumulación militarizada, la especulación financiera y el saqueo de los presupuestos públicos
A finales de los años noventa, el sistema entró en una crisis crónica. La fuerte polarización social y el aumento de la desigualdad ayudaron a generar una grave crisis de acumulación excesiva de capital. La extrema concentración de la riqueza del planeta en manos de unos pocos y el acelerado empobrecimiento y desposeimiento de la mayoría, incluso obligó a los participantes en la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos a reconocer que la brecha entre ricos y pobres en todo el mundo es “el desafío más serio en el mundo” y “plantea el espectro de una inestabilidad mundial y de guerras civiles”.
Las desigualdades globales y el empobrecimiento de amplias mayorías significan que los capitales transnacionales no pueden encontrar salidas productivas para descargar las enormes cantidades de excedentes que han acumulado. En el Siglo XXI, la CCT se ha vuelto a varios mecanismos para sustentar la acumulación global, o la obtención de beneficios, ante esta crisis.
Uno es la acumulación militarizada: lanzar guerras e intervenciones que producen ciclos de destrucción y reconstrucción y generan inmensos beneficios para un complejo militar-carcelario-industrial-
Por ejemplo, la guerra contra los inmigrantes en EE.UU. y otros sitios, y de modo más general, la represión de movimientos sociales y de poblaciones vulnerables, es una estrategia de acumulación independiente de todo objetivo político. Esta guerra contra los inmigrantes es extremadamente lucrativa para las corporaciones transnacionales. En EE.UU., el complejo privado inmigrante-carcelario-
No es sorprendente que William Andrews, el presidente ejecutivo de Corrections Corporation of America, o CCA –el mayor contratista privado en EE.UU. para centros de detención de inmigrantes– haya declarado en 2008 que: “la demanda de nuestras instalaciones y servicios podría verse afectada negativamente por el relajamiento de los esfuerzos de control… o mediante la 'descriminalización' [de los inmigrantes]”. Tampoco causa sorpresa alguna que CCA y otras corporaciones hayan financiado el aumento de la legislación neofascista contra los inmigrantes en Arizona y otros Estados.
Un segundo mecanismo es el asalto y saqueo de los presupuestos públicos. El capital transnacional utiliza su poder financiero para tomar el control de las finanzas del Estado y para imponer más austeridad a la mayoría trabajadora, lo que lleva a todavía más desigualdad social y penurias. La CCT ha utilizado su poder estructural para acelerar el desmantelamiento de lo que queda de las condiciones de salarios y prestaciones sociales.
Y el tercero es la frenética especulación financiera a escala mundial –convertir la economía mundial en un gigantesco casino-. La CCT ha descargado miles de millones de dólares en la especulación en el mercado de la vivienda, en los mercados de alimentos, energías y otros recursos básicos del mundo, en mercados de valores globales (es decir presupuestos públicos y finanzas estatales) y en cualquier “derivado” imaginable, desde fondos de alto riesgo a swaps, mercados de futuros, obligaciones de deuda colaterales, pirámides de activos y esquemas Ponzi. El colapso del sistema financiero global en 2008 sólo fue la gota que colmó el vaso.
No se trata de una crisis cíclica sino estructural –una crisis de reestructuración, como la que tuvimos en los años setenta, y antes de eso en los años treinta– que tiene el potencial de convertirse en una crisis sistémica, dependiendo de cómo respondan los agentes sociales a la crisis y de una multitud de contingencias desconocidas. Una crisis de reestructuración significa que la única manera de salir de la crisis es reestructurar el sistema, mientras que una crisis sistémica es aquella en la que solo un cambio en el propio sistema resolverá la crisis. Los tiempos de crisis son tiempos de rápido cambio social, cuando la acción colectiva y la contingencia entran en juego más que en tiempos de equilibrio en un sistema.
Reacciones ante la crisis y la república de Weimar de Obama en EE.UU.
Ante la crisis parece haber reacciones diferentes de Estados y de fuerzas sociales y políticas. Se destacan tres: el reformismo global; la resurrección de luchas populares y de izquierdas desde la base; extrema derecha y fascismo del Siglo XXI. Parece haber, sobre todo, una polarización política a escala mundial entre la derecha y la izquierda, que son ambas fuerzas insurgentes.
Una insurgencia neofascista es bastante evidente en EE.UU. Esta insurgencia se puede rastrear hasta hace varias décadas, a la movilización de extrema derecha que comenzó después de la crisis de hegemonía producida por las luchas de masas de los años sesenta y setenta, especialmente las luchas de liberación de negros y chicanos y otros movimientos militantes de gente del Tercer Mundo, corrientes contraculturales, y luchas militantes de la clase trabajadora.
Las fuerzas neofascistas se reorganizaron durante los años del gobierno de George W Bush. Pero mi historia comienza en este caso con la elección de Obama.
El proyecto de Obama fue desde el comienzo un esfuerzo de grupos dominantes por restablecer su hegemonía después de su deterioro durante los años de Bush (que también involucraron el ascenso de un movimiento de masas por los derechos de los inmigrantes). La elección de Obama fue un desafío al sistema en el ámbito cultural e ideológico, y ha estremecido los fundamentos raciales y étnicos sobre los cuales siempre se basó la república EE.UU. Sin embargo, nunca se pretendió que el proyecto Obama cuestionara el orden socioeconómico; al contrario, quería preservar y fortalecer ese orden reconstituyendo la hegemonía, realizando una revolución pasiva contra el descontento de la masa y la propagación de la resistencia popular que comenzaba a extenderse en los últimos años de la presidencia de Bush.
El socialista italiano Antonio Gramsci desarrolló el concepto de la revolución pasiva para referirse a los esfuerzos de grupos dominantes para producir un ligero cambio desde arriba a fin de debilitar la movilización desde abajo por una transformación más trascendental. Parte integral de la revolución pasiva es conquistar la dirigencia desde la base; su integración al proyecto dominante. Fuerzas dominantes en Egipto, Túnez y otros sitios en Medio Oriente y Norteamérica tratan de realizar una revolución pasiva de ese tipo. Respecto al movimiento por los derechos de los inmigrantes en EE.UU. –uno de los movimientos sociales más vibrantes en ese país– dirigentes moderados/latinos de la tendencia dominante fueron introducidos al redil de Obama y del Partido Demócrata –un caso típico de revolución pasiva– mientras la base de la masa inmigrante sufre una intensificada represión estatal.
La campaña de Obama aprovechó y ayudó a expandir una movilización de masas y las aspiraciones de cambio no vistas durante muchos años en EE.UU. El proyecto de Obama aprovechó esa tormenta naciente desde abajo, la canalizó a la campaña electoral y luego traicionó esas aspiraciones, mientras el Partido Demócrata desmovilizaba efectivamente la insurgencia desde abajo con más revolución pasiva.
En este sentido, el proyecto Obama debilitó la reacción popular y de izquierdas desde abajo ante la crisis, lo que dejó libre el campo para la reacción derechista a la crisis, para un proyecto de fascismo del Siglo XXI. Desde este punto de vista el gobierno de Obama se parece a una república de Weimar. Aunque los socialdemócratas estaban en el poder durante la república de Weimar en Alemania en los años veinte y a principios de los treinta, no plantearon una reacción de izquierda a la crisis, sino más bien marginaron a los sindicatos militantes, comunistas y socialistas, y se ajustaron cada vez más a los caprichos del capital y de la derecha antes de entregar el poder a los nazis en 1933.
Fascismo del Siglo XXI en EE.UU.
No uso a la ligera el término fascismo. Hay algunas características cruciales de un fascismo del Siglo XXI que identifico a continuación:
La fusión del capital transnacional con el poder político reaccionario
Esta fusión se había estado desarrollando durante los años de Bush y probablemente se habría profundizado bajo una Casa Blanca McCain-Palin. Mientras tanto, movimientos neofascistas como el Tea Party así como legislación neofascista como la ley antiinmigrantes SB 1070 de Arizona, han sido ampliamente financiados por capital corporativo. Tres sectores del capital transnacional se destacan especialmente por buscar métodos políticos fascistas para facilitar la acumulación: el capital financiero especulativo, el complejo militar-industria-de seguridad y el sector extractivo y energético (especialmente petrolero).
Militarización y extrema masculinización
Como la acumulación militarizada ha intensificado el presupuesto del Pentágono, habiendo aumentado en un 91% en términos reales en los últimos 12 años, los altos mandos militares se han politizado crecientemente y se involucran en las decisiones políticas.
Un chivo expiatorio que sirve para desplazar y reorientar las tensiones y contradicciones sociales
En este caso, son en particular los inmigrantes y los musulmanes. El Southern Poverty Law Centre [Centro Legal de la Pobreza del Sur] informó recientemente que “tres tendencias de la derecha radical –grupos de odio, grupos extremistas nativistas y organizaciones patrióticas– aumentaron de 1.753 grupos en 2009 a 2.145 en 2010, un aumento del 22%, que vino después de un aumento de un 40% de 2008 a 2009.”
Un informe de 2010 del Departamento de Seguridad Interior señaló que “los extremistas de derecha pueden estar ganando nuevos reclutas aprovechando los temores sobre diversos temas de emergencia. La desaceleración económica y la elección del primer presidente afro-estadounidense ofrecen especiales impulsos para la radicalización y el reclutamiento de derecha.” El informe concluyó: “Durante los últimos cinco años, varios extremistas de derecha, incluyendo milicias y supremacistas blancos, han adoptado el tema de la inmigración como una llamada a la acción, punto de convergencia e instrumento de reclutamiento”.
Una base social de masas
En este caso, se está organizando una base social semejante entre sectores de la clase trabajadora blanca que han tenido históricamente privilegios de casta racial y que han sufrido desplazamiento y una rápida movilidad descendiente a medida que el neoliberalismo se impone en EE.UU. –mientras pierden la estabilidad y seguridad que tuvieron en la anterior época fordista-keynesiana de capitalismo nacional.
Una ideología fanática milenaria que tiene que ver con supremacía racial y cultural y que involucra un pasado idealizado y mítico, y una movilización racista contra chivos expiatorios
La ideología del fascismo del Siglo XXI se basa frecuentemente en la irracionalidad –una promesa de garantizar la seguridad y restaurar la estabilidad– es emotiva, no racional. El fascismo del Siglo XXI es un proyecto que no distingue –y no necesita distinguir– entre la verdad y la mentira.
Un liderazgo carismático
Hasta ahora un liderazgo semejante ha faltado en general en EE.UU., aunque personajes como Sarah Palin y Glenn Beck aparecen como prototipos.
El circuito mortal de acumulación-explotación-
Una nueva dimensión estructural del capitalismo global del Siglo XXI es la dramática expansión de la población superflua del globo – esa parte marginada y excluida de la participación productiva en la economía capitalista y que constituye cerca de un tercio de la humanidad. La necesidad de asegurar el control social de esta masa humana que vive en un planeta de chabolas da un poderoso ímpetu a proyectos neofascistas y facilita la transición del bienestar social al control social –también conocido como “Estados policiales”-. Este sistema se hace cada vez más violento.
Hablando teóricamente –bajo las condiciones de la globalización capitalista– las funciones contradictorias del Estado de acumulación y legitimación no pueden ser ambas satisfechas. La crisis económica intensifica el problema de legitimación para grupos dominantes de modo que las crisis de acumulación, como la actual, generan conflictos sociales y aparecen como crisis políticas vertiginosas. En esencia, la capacidad del Estado de funcionar como “factor de cohesión” dentro del orden social se descompone en la medida en que la globalización capitalista y la lógica de acumulación o comercialización penetra todos los aspectos de la vida, de modo que la “cohesión” requiere más y más control social.
El desplazamiento y la exclusión se han acelerado desde 2008. El sistema ha abandonado a amplios sectores de la humanidad, que están atrapados en un circuito letal de acumulación-explotación-
A medida que el Estado abandona los esfuerzos para asegurar legitimidad entre amplios sectores de la población que han sido relegados a convertirse en una fuerza laboral excedente –o superexplotada-, recurre a una multitud de mecanismos de exclusión coercitiva: encarcelamiento masivo y complejos carcelario-industriales, dominación policial, manipulación del espacio de nuevas maneras, legislación antiinmigrantes altamente represiva y campañas ideológicas orientadas a la seducción y la pasividad mediante consumo intrascendente y fantasía.
Un fascismo del Siglo XXI no puede parecerse al fascismo del Siglo XX. Entre otras cosas, la capacidad de los grupos dominantes de controlar y manipular el espacio y de ejercer un control sin precedentes sobre los medios de masas, los medios de comunicación y la producción de imágenes y mensajes simbólicos, significa que la represión puede ser más selectiva (como vemos, por ejemplo, en México o Colombia) y también organizada jurídicamente de manera que el encarcelamiento masivo “legal” toma el lugar de los campos de concentración. Además, la capacidad del poder económico de determinar los resultados electorales permite que el fascismo del Siglo XXI emerja sin una ruptura necesaria en ciclos electorales y el orden constitucional.
No se puede calificar actualmente de fascista a EE.UU. No obstante, todas las condiciones y procesos están presentes y se propagan, y las fuerzas sociales y políticas detrás de un proyecto semejante se movilizan rápidamente. De un modo más general, las imágenes en los últimos años de lo que podría involucrar un proyecto político semejante abarcaron desde la invasión israelí de Gaza y la limpieza étnica de los palestinos a la forma en que se convierte a los trabajadores inmigrantes en víctimas inocentes y criminalizadas, al movimiento del Tea Party en EE.UU., el genocidio en el Congo, la ocupación de Haití por EE.UU. y las Naciones Unidas, la propagación de neonazis y cabezas rapadas en Europa y la intensificación de la represión india en Cachemira ocupada.
El contrapeso al fascismo del Siglo XXI tiene que ser un contraataque coordinado de la clase trabajadora global. La única solución real a la crisis del capitalismo global es una masiva redistribución de la riqueza y del poder –descendiente hacia la mayoría pobre de la humanidad-. Y la única manera de lograr una redistribución semejante es a través de la lucha internacional de las masas desde la base.
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