sábado, 14 de abril de 2012

gracias a la bestia norteamericana....


Los mexicanos aprietan el gatillo; nosotros suministramos las armas

rebelión.- Pocas noticias hubo esta semana de la Cumbre de Líderes de Norteamérica en la Casa Blanca. Probablemente porque la mayoría de los reporteros se quedaron dormidos en el Jardín de las Rosas escuchando al presidente Barack Obama, al presidente mexicano Felipe Calderón, y al Primer Ministro canadiense Stephen Harper –conocidos como “los Tres Amigos”– en su perorata acerca del comercio, el turismo y la seguridad fronteriza.


Lo admito. Yo mismo estaba dormitando cuando de pronto oí al presidente Calderón mencionar tres palabras que casi están prohibidas actualmente en Estados Unidos. Al menos uno nunca oye hablar acerca de esto. ¿Cuándo fue la última vez que ustedes escucharon a un político republicano o demócrata decir las peligrosas palabras “control de armas”?


Los comentarios de Calderón fueron en respuesta a la pregunta de un reportero acerca de las actuales guerras de las drogas en México en las cuales, según el informe de STRATFOR de 2010 acerca de los cárteles mexicanos del narcotráfico, más de 11 000 personas murieron tan solo en 2010. ¿Pueden confiar los turistas norteamericanos y canadienses en una reducción de la violencia? Calderón respondió señalando directamente a Estados Unidos.


Es un  hecho establecido en cualquier sociedad, anotó Calderón, que el nivel de violencia está relacionado directamente con el número de armas en circulación.  Y aunque la competencia entre cárteles ha existido en México durante muchos años, el nivel de violencia comenzó a aumentar en 2004 –el mismo año en que expiró en Estados Unidos la prohibición de las armas de asalto. Durante su presidencia, reportó el presidente Calderón, los militares mexicanos han ocupado más de 140 000 armas, la mayor parte de ellas fusiles de asalto, y la mayor parte de ellas compradas en Estados Unidos y llevadas de contrabando por la frontera.


Fue entonces cuando me senté al borde de la silla. Hicimos un recuento, dijo Calderón, y descubrimos que hay 8 000 tiendas de armas norteamericanas a lo largo de la frontera con   México. ¡Ocho mil! Por sus cálculos, eso significa nueve tiendas de armas por cada Wal-Mart en todo México y Estados Unidos en conjunto. No solo eso. Aseguró Calderón que en Washington, D.C. la tasa de homicidios por cien mil habitantes es “superior en 10 veces –más de 10 o 20 que la cifra mayor de cualquiera de las grandes ciudades en México”.


En efecto, de pie junto al presidente Barack Obama, Calderón estaba diciendo a los norteamericanos: Si ustedes están preocupados por la violencia con armas en México, no nos culpen tan solo. Primero pongan orden en  su propia casa. Sin embargo, ni el presidente Obama ni el primer ministro Harper respondieron. La mayor parte de la cobertura de prensa de la Cumbre ignoró simplemente cualquier mención de los comentarios de Calderón acerca de las armas de fuego. Y en la siguiente conferencia de prensa en la Casa Blanca, nadie preguntó al secretario de Prensa Jay Carney qué pensaba hacer  Obama acerca de la prohibición de armas de asalto.


La respuesta es: no mucho. Por supuesto, nadie esperaba que George W. Bush luchara a favor de una extensión de la prohibición de las armas de asalto.  La NRA (Asociación Nacional del Rifle) no se lo permitiría. Pero el presidente Obama tampoco ha actuado. En su sitio web de campaña en 2008, Obama mencionaba como uno de sus objetivos “hacer permanente la Prohibición (federal) de las Armas de Asalto” –un compromiso que fue repetido en su sitio web como presidente electo. Pero en abril de 2009, poco antes de tomar posesión, Obama declaró que no presionaría a favor del restablecimiento de la prohibición, a pesar de que aun creía que era sensato hacerlo. Dijo que en su lugar trabajaría en favor de un tratado internacional. Pero nada ha sucedido.


Y no hemos visto mucha acción por parte del Congreso. Desde su expiración, se han presentado tres proyectos de ley para restablecer la prohibición de las armas de asalto: por parte del senador Feinstein en 2004; por la representante Carolyn McCarthy en 2007, y por el senador Mark Kirk en 2008. Pero ninguno de ellos llegó discutirse  en sesiones plenarias. Y hasta donde he podido averiguar, no hay pendiente en la actualidad en la Cámara de Representantes o en el Senado una legislación para renovar la prohibición.


Al igual que el calentamiento global, es como si el tema del control de armas hubiera desaparecido de la vista pública. Desafortunadamente, no ha sucedido igual con la realidad de la violencia por armas de fuego. Otro asesinato en masa en un campus, siete muertos en Oakland, California. Tres estudiantes muertos por arma de fuego en la Escuela Secundaria de Chardon, Ohio. Trayvor Martin fue muerto a tiros mientras caminaba hacia su casa desde un 7-Eleven. La congresista Gabby Giffords herida a tiros, seis electores muertos frente a un Safeway en Tucson, Arizona. Y la lista sigue.


En julio de 2010 Scott M. Knight, jefe de policía de Chaska, Minnesota, dijo al Subcomité de la Cámara de Representantes acerca del Delito: “Desde 1963, más norteamericanos han muerto por disparos de armas de fuego que los que murieron en combate en todo el siglo 20”. El Centro Brady para Prevenir la Violencia con Armas

 (www.bradycenter.org) estima que perdemos a 30 000 norteamericanos al año debido a la violencia por armas. Sin embargo, nuestros líderes políticos no hacen nada. Los demócratas temen mencionar el tema del control de armas. Y los republicanos preferirían prohibir la píldora. ¿Cuántos más tendrán que morir antes de que hagamos algo con las armas?

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