miércoles, 17 de agosto de 2011

LA BESTIA NORTEAMERICANA PRONTO VIVIRÁ EN CARNE PROPIA LA FURIA DE SUS HABITANTES

Escondidillas


Muchos se preguntan dónde está el Obama por quien votaron, y otros se preguntan dónde está la furia esperanzadora de un pueblo que tanto aguanta. Nadie parece saber dónde está nadie.
Platicando con un ejecutivo de Wall Street sobre los estallidos en Inglaterra, Egipto, Chile y más, él expresa frustración por la falta de determinación y dirección del presidente de aquí y con sus contrapartes republicanos, mientras el país está en crisis, y advierte: esa furia que estalló en Inglaterra, vamos a verla aquí si no cambia nada.

Pero por ahora sólo se registra el disgusto con toda la cúpula: cerca de ocho de cada 10 estadunidenses están insatisfechos con la manera en que funciona el sistema político (45 por ciento dice estar muy insatisfecho), según una encuesta del Washington Post. En ese mismo sondeo, casi tres cuartas partes afirman tener poco o nada de confianza en que Washington pueda reparar la economía; un desplome de 21 puntos desde finales del año pasado. La aprobación del Congreso ha llegado a sus puntos más bajos en la historia (la encuesta de CNN registra sólo 14 por ciento de aprobación; 17 por ciento en la del Washington Post).

El nivel de aprobación de Obama también se deteriora, y más desaprueban su gestión de los que la aprueban. Pero más significativo es que las bases de Obama muestran cada vez más desencanto por la percepción de que las promesas de un cambio a favor de las mayorías de su elección no se ven, y menos se sienten.

Una de las bromas oscuras dentro de la Casa Blanca es que el gran talento del presidente es enajenar a sus propias bases, enfurecer a sus contrincantes y no lograr sus metas, cuenta la columnista del New York Times Maureen Dowd.

Para todos, las consecuencias de la ausencia del líder que prometió grandes cambios frente a la peor crisis económica y política en décadas son muy personales –para los millones de desempleados, cada uno con su historia y su familia, para los que han perdido sus hogares por la crisis hipotecaria, para quienes han visto a sus hijos e hijas enviados a dos guerras cada día más injustificables, para las familias de inmigrantes que han sufrido un nivel sin precedente de deportaciones de sus seres queridos (casi un millón sólo los últimos dos años), como para aquellos que esperaban más en defensa del medio ambiente ante un clima cada vez más feroz, resultado de inacción ante lo obvio–; la lista continúa y cada día es más larga.

El pasado martes, Tim Collette presenció primero cómo un banco tomó posesión de su hogar en Oregon, por falta de pagos de su hipoteca en una de las zonas más deprimidas del país, y dos horas después fue al aeropuerto para recibir a su hijo, un soldado que regresaba de Irak, quien llegó en uniforme de camuflaje junto con otros, mientras unos veteranos ondeaban banderitas estadunidenses. Lo vio, el joven sonrió, y el padre dijo: bienvenido a casa, hijo, a pesar de que ya no tenía un hogar para alojarlo, reportó Los Angeles Times.

Esa escena se repite por todo el país. Tal vez podría explicar, entre otras cosas (como el trauma de combate, muerte, sangre, horror) por qué este mes el ejército reportó un número récord de suicidios en sus filas en el mes de julio: 32 en total (durante 2011 ya suman unos 160; los marines tienen niveles parecidos).

Por otro lado, la misma semana en que Obama prometió presentar nuevas iniciativas para generar empleo –aún no ha propuesto nada concreto–, de repente el Servicio Postal de Estados Unidos anunció que contempla despedir a 120.000 de sus empleados federales y romper el contrato colectivo para sacar a los trabajadores de los planes de salud y retiro. Los sindicatos de ese sector reaccionaron con furia, declarando que era un asalto unilateral contra el sector, algo que invitaría a empleadores de todo tipo a deshacerse de contratos colectivos y negociaciones con sindicatos.

Después de promover, contra el consejo de los economistas más reconocidos del país junto, con la mayoría de la opinión pública, un acuerdo legislativo que generará mayor desempleo y desincentivará la economía al intentar reducir el déficit, a finales de esta semana Obama se fue a recaudar millones de dólares de los ricos para su relección en actos en Nueva York.

El profesor de psicología Drew Westen, en un artículo titulado ¿Qué le pasó a Obama?, en el New York Times, afirma que, “como casi todos los estadunidenses, en este momento, yo no tengo ni idea de qué es lo que cree Barack Obama –y por extensión el partido que lidera– sobre virtualmente cualquier tema”. Westen se pregunta por qué Obama no ha enfrentado a las fuerzas que han provocado la crisis, con algo parecido a lo que hizo Franklin Roosevelt, concluye: en contraste, cuando fue enfrentado con la crisis económica más grande, los niveles de desigualdad económica más grandes, y el nivel de influencia empresarial sobre la política más grande desde la depresión, Barack Obama se fijó en los ojos de la historia y optó por desviar la mirada.
En conversaciones con todo tipo de personas que votaron por él –desde meseros hasta analistas políticos, ejecutivos de Wall Street y estudiantes, activistas y académicos–, el coro es el mismo: ¿qué es lo que impide que el presidente se enfrente a la derecha y a los poderes que han llevado a este desastre? ¿Por qué no lucha?

Mientras tanto, algunos señalan que primero los sectores sociales afectados también tienen que hacer algo más que sólo expresar su disgusto en encuestas y dejar de esperar una respuesta desde la Casa Blanca. Barbara Ehrenreich, intelectual progresista de gran perfil aquí, expresó: “mi orgullo patriótico no fue ofendido por la reducción de la calificación del crédito de Estados Unidos por Standard & Poor’s, sino por el hecho de que mientras la resistencia estalla por todas partes –Tel Aviv, Santiago, Tottenham, ni mencionar el norte de África y Medio Oriente–, nosotros no hacemos NADA”.

Pero vale recordar que eso también se decía no hace tanto en Santiago, Madrid, El Cairo….

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